Condones y quimera

Condones y quimera

Yo nunca entré en amores bajo la fiebre un condón. Lo pensé hace poco, mientras me despedía de un recodo en el Caribe.

 

Siempre que dejo el mar, para volver al cotidiano desdén de una ciudad que no lo nombra mientras vive, que no lo ve al pasar, ni cuenta con su horizonte, me estremece saber que ahí se quedará, con su luz y su asombro, mientras yo pierdo el tiempo en otra parte. Igual que ha de quedarse la vida cuando ya no estemos para mirarla: inaudita, indescifrable, impávida. Hemos de viajar a la Nebulosa de Andrómeda, y ha de quedarse la tierra, si bien nos va, con nuestro nombre como una raya entre las nubes de cualquier tarde.

Mientras esto nos pasa, pasa el mundo con su demanda y sus promesas, con sus recuerdos como luces de bengala, con su andar preguntando qué nos falta y cuánto hemos tenido. Yo hago el recuento a veces por jugar, a veces porque sí y de vez cuándo porque esto de vivir, como vivos eternos, queda un segundo en vilo. Por ejemplo, la semana pasada, cuando alguien nos ayudó a creer que pudimos morir en un accidente aéreo. No he leído a Gibbon, me dije, ni bien a bien a Shakespeare, ni El Quijote de corrido, ni a Séneca. Pero me sé los sonetos de Sor Juana y tarareo dormida el concierto para clarinete de Mozart. Tengo casa en la luna y en los últimos tiempos soy tan araña como tantos otros. Aún tengo los deseos en su lugar y un cristal con quien compartirlos.

No presumo, seguro faltan muchas extravagancias y espejismos, alguno irá llegando cada día, lo que no he de ver es un condón en mi destino. Ya no estoy en edad de comenzar y entre lo comenzado, aunque hay viajes al final de la tierra, no creo que pueda haber preservativos.

Se diría que soy una irresponsable, pero la verdad es que me tocó ser muy joven y empezar con estas emociones durante unos escasos, pero promisorios, años de seguridad sexual. Para mí el sexo no tenía más peligro que el de caer en la red de una enamoramiento indebido. Y por indebido quiero decir acarreador de catástrofes, tormentas y equívocos. Todo eso que pueden provocar, por decir algo crucial, los hombres casados con alguien más, a los que uno quería mantener en su cama. (Obvio, pero no tanto: en la cama de uno). Total, todas estas derivaciones como de jazz para volver a mi primera frase. Yo me inscribí a los embrollos del sexo entre dos, después de la píldora y antes del Sida. No sé un ápice de las aterciopeladas extravagancias de un condón.

En los ochentas, cuando irrumpieron los riesgos, ya todo parecía confiable en mis deseos. De ahí que el condón sea una de las muchas experiencias que no he tenido, pero una de las varias que me provocan curiosidad. ¿Qué han de sentir? ¿Cómo le hacen? Bien lo saben mis hijos, pero no por mí, sino por la información que hubo en su aire. Los enseñamos a lavarse los dientes y a dar las gracias, a no enturbiar la vida de los otros, a tener entre sus causas la esperanza y entre sus deberes la generosidad, pero lo del condón se quedó en otras manos. Literalmente. Así que preguntarles de qué va el asunto, siempre creí que les resultaría incómodo. Por supuesto a Mateo, pensé. Y Cati, ahora que tengo la pregunta, no está. Aunque la curiosidad me vino también a partir de que leí un cuento, en su blog, que es una maravilla. La adolescente de su historia oye a sus espaldas el sonido que hace su novio intentando abrir la bolsita de un condón, y a la memoria le llega el ruido que hacía el paquete de las galletas Oreo, cuando en la infancia trataba de abrirlas a la hora del recreo.

Decía mi madre que no es bueno elogiar mucho a los hijos, pero ni modo. Yo suelo hacerlo porque me gusta entrar al delirio de la intimidad expuesta. Y hacerlo en un periódico, en donde lo que importa es hablar de lo público, del bien, las finanzas y el mal de otros, de la sociedad, de los delincuentes, de los políticos y de la mismísima patria. El mundo de lo privado es para los libros. Eso creemos, porque de eso no hablamos en los diarios. En donde tanto hablamos de otros y tan poco de nosotros.

Vuelvo a la melodía: yo no sé cómo se usa un condón pero, ahora, la tele, por las noches, está obsesionada con ilustrarme y convocarnos a entender dos informaciones: la conmovedora, muestra un hombre y una mujer con amores envejecidos que, gracias la influencia positiva de los laboratorios no sé qué, se convierten en dos fieras adolescentes y pasan de la indiferencia a la pasión, según nos aconsejan, previa consulta a su médico. La otra tiene varios exhortos. Todos nos llevan a un condón, pero cada uno ofrece algo distinto. Los hay sedosos, resistentes, cosquilludos, sin burbujas, de colores, perfumados y con gel. No sé si con luciérnagas y arcoíris, pero tal vez los haya. Adivinar. Porque los hay con sabor a durazno y aroma de fresa.

La colección de recomendaciones femeninas en torno a la gloria que puede derivarse de un plástico, me tiene por lo menos curiosa, pero a veces me llena de envidia. Hay un anuncio, creo que el mejor de todos, que es el que más me intriga. Una hilera de jovencitas muy guapas van contando las diversas cualidades de una marca. La última niña no es tan guapa, pero es la más sugerente: “Con condones” (no me acuerdo qué), dice mirando a la cámara: “él se cuida”, (mira a un lado) “él me cuida”, (mira al otro) “él me ayuda a sentir más”, (mira hacia abajo entrecerrando los párpados).

¡Una gloria de la cachondería retro que ni la Virgen de Guadalupe! Siempre que lo veo, y lo veo mucho en las desveladas, me duermo con el antojo de conocer un condón brillante y cosquillando. ¿Cómo será? Quién sabe. Yo ahora creo más posible una visita a Júpiter que uno de estos luminosos artefactos en mi futuro. Pasando el tiempo a la mejor tendré que conformarme con la promesa de los laboratorios expertos en recuperar el pasado. No sé, pero pensarlo me dio tristeza. Tanta que me salió del alma irle a Mateo con el tema.

–Según parece me llevaré al otro mundo una asignatura sin cursar que puede ser una experiencia más lujuriosa que la mismísima lujuria.

–No te preocupes—dijo moviendo el sartén en que freía una quesadilla. Son puras exageraciones. Ya sabes cómo inventa la publicidad.

Había en su tono una condescendencia suave. Así las cosas, me fui a dormir en paz.Yo tengo la quimera y ellos los condones.

 

Angeles Mastretta/http://lacomunidad.elpais.com/puerto-libre/posts

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