Vivir con la muerte

Vivir con la muerte

Imaginen ustedes la escena: 35 cadáveres tirados ahí, en una avenida de Boca del Río. Un cuadro “dantesco”, dicho en el más puro lenguaje del cronista de sucesos.

Pero ¿por qué tomarse alguien el trabajo de apilarlos primeramente en dos camionetas y luego de llevarlos a un lugar para dejarlos tirados a media calle?

Es el colmo del horror y la más descarnada representación de lo que podríamos llamar la vileza programada, una forma de crueldad tan indiferente como espantosa.

Son todos criminales, dicen las autoridades; miembros de alguna banda asesinados por una pandilla rival que, supongo, muy pronto habrá de vivir, en carne propia, la brutal venganza de los compinches de los victimados.

Así están las cosas, en este país. Y, por favor, que no suenen, de nuevo, esas voces que culpan a Calderón de todo, así sea por el mero hecho de que el hombre haya agitado el avispero sin proponérselo. Esto no resulta directamente de ninguna estrategia emprendida por ninguna corporación policiaca ni es consecuencia, en lo absoluto, de que el Ejército y la Marina patrullen las calles de nuestras ciudades. Esto es, simplemente, faena de individuos sanguinarios y antisociales a los que, precisamente por ello, hay que combatir.

Podemos preguntarnos, eso sí, de dónde salieron y cómo es que crecieron entre nosotros. Porque, como he dicho tantas veces, no vinieron de Marte ni son una fuerza invasora extranjera. Son mexicanos que matan a mexicanos. Son asesinos sin corazón que, por una extrañísima conjunción de circunstancias (y, de nuevo, Calderón no tiene nada que ver en la historia particular de cada uno de estos sujetos, en su formación, en su trayectoria y en la gestación de los rasgos de su personalidad), asolan hoy día a la nación.

Vivimos tiempos de espanto, pero aun en estas circunstancias podemos aventurar una presunción: el horror se va a terminar, fatalmente, en un futuro tal vez no muy lejano. ¿Por qué? Por una verdad tan antigua como el hombre mismo: la muerte nunca ha sido la pulsión dominante de los seres humanos.

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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