Una más de toros

Una más de toros

Estos días tan taurinos he leído unas cuantas piezas de una prosa incendiaria y vaporosa. Que persigue provocar incendios, pues, y que es a la vez muy evanescente, muy deudora de una manera de escribir antigua, como mínimo del XIX, con grandes perífrasis y periodos muy largos, inflamados de pasión y simpleza. Tipo Pemán, por ejemplo, o, ya que hablo de antes, tipo Ramón de Campoamor. Esto, entre los partidarios de la fiesta, claro. En el otro lado, aunque los argumentos son también, muy a menudo, arrebatados, al menos se percibe un tono narrativo más distante, más elegante, no tan desgarrado. Lo cierto es que, de todo lo dicho, hay dos aspectos que me parece que son tan palmarios que no vale la pena acentuar. O quizá sí, porque resulta que se inscriben justo en el centro de la diana de la polémica. Si matar toros es tan despreciable, ¿no lo es más humillar a los animales en los embolados? A mí me produce mucha más irritación un encierro que una corrida de toros, porque el primero convierte en una pantomima la reflexión sobre la muerte que preside la segunda. Y el segundo aspecto. Jorge Wagensberg dijo en el debate parlamentario que le gustaban los toros y que podía apreciar su belleza, pero que los humanos «estamos preparados para vencer el instinto hacia la violencia». Y acabó así: «No me gusta que me gusten los toros». Coincido del todo: no es sino una estricta, razonable ecuación intelectual.

J.M. Fonalleras/elperiodico.com

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