Sopa de gallina

Sopa de gallina

Cuando ocurre una desgracia y sale en los telediarios la noticia, cada vez con más frecuencia se añade el complemento informativo de que las víctimas requirieron atención psicológica para superar el trauma. El consuelo se ha convertido en una profesión y parece que a las pobres víctimas a veces no sólo se les ofrece la ayuda del psicólogo, sino que yo creo que incluso se les impone. Es como si el consuelo ofrecido espontáneamente por los familiares o amigos no fuese suficiente para las víctimas, como ocurrió toda la vida en España, donde la cobertura del apoyo familiar contaba en todo caso con el refuerzo de algo que raras veces fallaba: un plato de sopa. También yo he sufrido las consecuencias de tragedias familiares y encontré consuelo en un tiempo razonable y sin necesidad de que me reconfortase un titulado universitario con sus fórmulas académicas y con esa solidaridad tan profesional que a mí realmente no me significaría nada. Y no vale decir que eran otros tiempos y que la asistencia psicológica es una indiscutible conquista de la modernidad, porque no hace mucho a un muchacho cuyos padres acaban de fallecer en un accidente aéreo le escuché decir que lo que él necesitaba no era un psicólogo, sino alguien que le planchase cuanto antes una camisa para asistir al entierro de los suyos. Raras veces la mente humana es incapaz de sobreponerse al dolor por sus propios medios. Siempre ha sido así y supongo que lo seguirá siendo si alguien no se empeña en convertir definitivamente el dolor emocional en una asignatura universitaria. Por otra parte, dudo que sea conveniente reprimirle a la gente ciertos dolores que pueden ser considerados naturales, del mismo modo que parecería absurdo privar a los seres humanos de su conciencia para que no sufran cualquier clase de remordimientos por sus peores actos. Los hombres somos débiles, pero no idiotas. Podemos sobreponernos casi a cualquier adversidad sin recurrir a la ayuda del psicólogo. Tenía razón aquel muchacho. A cierta edad todos hemos tenido alguna experiencia bien amarga y nos consta que fuimos capaces de salir adelante con una palmada en la espalda. Nadie en mi generación ha echado de menos al psicólogo, no sólo porque entre nosotros nuca estuvo de moda que nos consolasen por dinero, sino, lisa y llanamente, porque todos éramos familia en una casa con mucha gente a la que siempre se sumaba una señora con moño que nos prestaba un pañuelo de lino para el llanto y preparaba como nadie en la cocina aquella sopa de gallina que nos daba ganas de servirle calentita al muerto, que, como suele suceder, era el único que sufría de verdad las terribles consecuencias de lo que le había ocurrido.

José Luis Alvite/larazon.es

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