Olor a congrio

Olor a congrio
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No me apeteció nunca pararme a pensar por qué me ocurre algo semejante, pero lo cierto es que la experiencia me dice que a la hora de escribir, las cosas de las que estoy razonablemente orgulloso siempre me inspiraron menos que aquellas otras de las que sólo me siento culpable.

Como le dije de madrugada a una amiga, «yo la vida la he vivido un poco a mi manera, sin principios y sin métodos, lejos de las agendas y lejos de Dios, porque, equivocadamente o no, siempre pensé que la vida es más apasionante cuando te produce alguna clase de dolor, igual que en una tarde de calor insoportable encontramos más refrescante la parada en el bar de carretera si en un arranque de sed abrimos la cerveza con los dientes».

Viví durante buena parte de mi vida a deshora en ambientes marginales en los que incluso se daba como lana la mierda cardada por la electricidad en el interior de las bombillas, y con ayuda de la gramática pude sobrevivir gracias a la suerte de haber dormido como un presidiario en la cabeza apócrifa de los parias y por haber podido convertir a tiempo tanta basura en el pan para mis hijos. No me importa reconocer que me sentía a gusto mientras despilfarraba el tiempo, el dinero y el sueño. Ni siquiera temí jamás al riesgo de que aquella forma tan pródiga de afrontar la vida echase a perder mi manera de escribir, entre otras razones, porque desde muy joven tuve claro que si no fuese capaz de prosperar por mis méritos, al menos nadie podría impedir que me hundiese por mi propio esfuerzo.

Admito que tuve escrúpulos al principio, cuando en mi relación con aquellas fulanas me costaba aceptar que el cuerpo que fingían entregarme sin condiciones tuviese que oler necesariamente como un congrio molido a palos en la cubierta de un arrastrero. Fue cuestión de adaptar el pudor a las necesidades y aceptar que el desenlace natural del placer suele ser en la relativa sordidez de un vicio, así que nunca pretendí envolver aquel jodido pescado puerperal con la portada del «L’ Osservatore Romano».

A veces conseguí iluminar con la fugaz bengala de una frase el interior umbrío y encarnado de una fulana del burdel y entonces me sentí tan limpio e inocente como si hubiese desplegado la arboladura de una goleta dentro de un frasco, como un torvo ginecólogo que en la soledad fénica de la madrugada acabase de reavivar el croquis azul de un feto conectándolo con el filamento de una bombilla fundida al útero perplejo y penitencial de un cadáver con la piel en llanta. Fue así como aprendí que la vida es un hermoso viaje que algunos hombres, por lo que sea, hacemos en un mal autobús.

José Luis Alvite/larazon.es

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