Las venas abiertas de Europa Latina

Las venas abiertas de Europa Latina

“Combata la pobreza, mate a un pobre”, escribía hace cuatro décadas Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina. En este imprescindible ensayo, el escritor uruguayo culpa de buena parte de los males de Sudamérica al imperialismo colonizador de las (entonces) grandes potencias, primero España, luego Portugal y Gran Bretaña y, por fin, Estados Unidos.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Nada queda ya de aquella España que financiase la rodilla hincada de un Colón extasiado ante “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”. España es ahora colonia, y los españoles los nuevos indígenas.

La Constitución Española acaba de ser reformada, algo inaudito hace solo un par de meses, a petición de la metrópoli. Ajuste necesario, lo llama el gobierno colonial. Es la misma expresión que usa para los recortes en educación, sanidad y el resto de parcelas del Estado del bienestar que vienen produciéndose desde el inicio de la crisis financiera y que, muy probablemente, se intensifiquen tras las elecciones de noviembre.

El colonialismo, en nuestro siglo, se ha complicado y ramificado. Mientras una metrópoli descentralizada invade Libia y se reparte el petróleo, en la Europa Latina los atropellos de la colonización son más sutiles, menos dolorosos. La presión bursátil ha convertido a España en un producto financiero más, un juguete roto en manos del Imperio. La metrópoli ordena y la colonia obedece, sugiere cada frase de Zapatero, Rajoy y Rubalcaba. No hay más remedio, nos lo ha pedido Europa o el Banco Central o nuestro amigo Barack Obama. Hay que hacerlo por nuestro bien, claman los políticos desesperados entre viaje y viaje a Bruselas.

Y las venas abiertas de España sangran con cada dato económico, con cada parado, con cada nueva humillación y gesto de pleitesía. El viejo imperio, avergonzado y al borde de la ruina, hinca la rodilla como hiciera Colón en una playa de Cuba. Solo que ya no se asombra ante la belleza del nuevo mundo, sino ante el horror del mismo. Porque hoy, a diferencia de entonces, los verdugos son otros.

Fuente: http://www.mimesacojea.com/

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