Fiesta Patria

Fiesta Patria

Hoy dieciséis de septiembre es fiesta patria en México. Resulta difícil explicar a todos ustedes lo que llamamos el “Día del grito”. Vamos a ponerlo así: De esto modo celebramos el inicio de la guerra de independencia. Horrible guerra. ¿Qué guerra no es horrible?

Mi padre tenía un patriotismo suave y escarmentado. No en balde sufrió en Italia durante todos los días que duró la segunda guerra mundial. Y si la patria de su juventud fue una Italia convulsa que emprendió su largo camino a la locura, la patria de su infancia fue el fin de la Revolución Mexicana, fueron los ahorcados, los fusiles, la persecución de un lado y otro, el miedo turnándose el sitio con las promesas y la euforia de quienes lo rodeaban. De ahí que celebrar la guerra no fuera lo suyo. Y el nacionalismo, tampoco.

En cambio, mi familia materna era olvidadiza, fiestera y optimista. Si algo de guerra les tocó, no se acordaban.

En casa de mis abuelos no ondeaba todo el mes una paciente memoria de la patria, se ponía la bandera sólo para el “Día del grito”. Y no se ponía: se soltaba. Y no había nada más una grande, sino muchas de todos tamaños.

Desde la terraza, en el jardín, mi abuelo arengaba a las huestes encarnadas en sus cinco hijos y sus veinticinco nietos. Decía el ¡Viva México!, con una solemnidad interrumpida por su propia risa y por el vocerío divertido de nosotros respondiéndole: ¡Viva! ¡Vivan! al redimir al asunto de los héroes que nos dieron patria. Todo como pretexto para llegar al instante en que él soltaba la bandera, como si fuera una estafeta que iría de mano en mano a lo largo de la noche, para organizar la quema de cuetes y fuegos artificiales más escandalosa de toda la calle.

En la mesa del comedor había tacos, tamales y todo tipo de patriotas argumentos que íbamos probando entre los chillidos de un niño con los dedos quemados y los de otro al que el palo de la bandera, agitada ya por cualquiera de los nietos, le daba en la cabeza. Si la Independencia ameritaba una celebración o si era necesaria para celebrar, no se supo bien nunca.

Eso sí, había una fiesta. Si en alguna parte estuvo claro, fue en nuestro zócalo privado. Ahí en donde la patria era un pretexto para celebrar el presente. El análisis del pasado no estaba en esas noches libres y el futuro no tenía para cuándo. Nadie le dedicaba un pensamiento a la guerra, ni a la sangre, ni a la lamentable sin razón de las muertes, de los héroes degollados, de las revueltas. Vivíamos en un tiempo que ahora me parece un paréntesis largo.

Ésa fu mi patria de la infancia y la celebración que yo heredé a mis hijos.

No sé ahora cuál será la herencia. Lo que sí noté este año, es que hay muy pocas banderas en las casas y los autos. Por eso ayer traté de poner aquí un volcán que hiciera las veces de bandera, pero no pude. Ayer estubo muy difícil entrar al blog. Así que les agradezco los comentarios aún más que otras veces.

Angeles Mastretta/elpais.es

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