Está comunicando…

Está comunicando...

Decía José Ortega Spottorno que el fin del mundo llegaría cuando todos los teléfonos dieran comunicando. Él vivía (aún) en la era del teléfono fijo, que usaba con profusión pero con desgana: como Manuel Vázquez Montalbán era un hombre negado para la comunicación telefónica de carácter cordial o casual, pues sólo llamaba para dar recados, y luego colgaba sin decir adiós, como si le quemara el aparato en la oreja. Él creía, en efecto, que ese día en que ya todos los teléfonos dieran el espantoso pitido reiterado del Comunicando el mundo estaría al borde de su desaparición. Imagino que eso no pasará jamás, pues ahora hay más teléfonos que usuarios, por lo cual siempre habrá algún móvil sonando en el desván, sin que nadie lo agarre pero sonando. Pero sí es cierto que todo el mundo, de una manera u otra, está comunicando, entretenido en la pantalla superficial y digital de su teléfono celular, esperando que de ese tacto que se le ofrece surja alguna novedad, un mensaje que le cambie la vida al menos por un minuto, o alguna noticia que cambie el destino del mundo. Es una terrible plaga la de comunicar; lo que en algún momento se dibujó como una posibilidad de contacto entre los seres humanos, el teléfono e incluso el celular, se está convirtiendo en una manía, como la de la glotonería o como la de la musicomanía que hace años hacía que nadie te escuchara porque iba a toda hora (la manía persiste) colgada de unos auriculares. Ahora es frecuente encontrar en los restaurantes, en los bares, en las iglesias y en las universidades a gente de todas las edades comunicándose por teléfono con otros mientras están en las mesas, en las barras, en los pupitres o en las aulas sentados con otros que a su vez están haciendo lo mismo que ellos: comunicándose con los lejanos. Así que están lejanos los que están cerca y aquellos a los que llamamos. Se está produciendo aquel fin del mundo del que hablaba Ortega, lo que pasa es que nosotros creíamos que el fin del mundo sería como un incendio. Lo es, pero no lo vemos, porque está en nuestro cerebro, en nuestra mente, en la destrucción progresiva de la intimidad como forma de atención al otro, al único, al que está dentro de nosotros pero oculto por la presencia omnímoda, y omnívora, de un auricular que requiere toda nuestra desviada atención.

Juan Cruz/elpais.es

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