El regreso y la lectura en México

Juancruz-jpgNo me refiero al regreso al trabajo, que ahora es el tema común, de las conversaciones y de los viajes; el retorno a la rutina que es, por otra parte, la columna vertebral de la vida, pues ahí están la pelea y el sustento, la realidad y el sueño, o la pesadilla; me refiero al regreso a España, después de estar en el extranjero, muy lejos o cerca, da igual; a veces evoca esa sensación Elvira Lindo en sus artículos largos, desde Nueva York, en EL PAÍS. Y sentí hace unos días regresando de México esas sensaciones que ella describe. Decía James Joyce (y le debo la cita a Juan Antonio Masoliver Ródenas) que ya que no se puede cambiar de conversación es preciso cambiar de país, o viceversa, que me perdonen Topno y Joyce si los recito mal. En el extranjero, tan lejos, en México, era posible cambiar de conversación sin duda porque cambiamos de país, y la conversación allí está polarizada en torno a asuntos especialmente graves, que tienen que ver, en los últimos años tan dramáticos, con el narcoterrorismo y otras lacras de la maldad humana. El extranjero que va allí por pocos días, y para un asunto específico, puede adentrarse levemente en la historia cotidiana de ese país; los periódicos dedican, como es natural, planas enteras a lo que está ocurriendo, que es lo más sangriento que pasa ahora en América. Pero hay otra vida, otro universo, literario, artístico, conversacional, en el que uno entra como si en efecto tuviera ya en torno un país distinto, una conversación nueva. En una de esas incursiones por la otra realidad de México, que también existe, la ministra de Cultura, Consuelo Sáizar, nos llevó al núcleo de un gran proyecto suyo, que surge de su mentalidad de editora y, sobre todo, de su apetito voraz de lectora contumaz de literatura y ensayo sobre todo de los grandes autores de su país. Se trata de reconstruir las grandes bibliotecas personales de la cultura en la que se desarrollan las escrituras de Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes. México es un país de grandes bibliotecas personales, y de grandes escritores que tuvieron bibliotecas célebres, como Alfonso Reyes, cuya Capilla Alfonsina es la expresión viva de la dedicación que prestó a la lectura como la más bella de las artes. Lo que Consuelo Sáizar está haciendo es reconstruir, en la histórica Ciudadela del centro de México, bibliotecas personales que dejaron otros grandes autores, como José Luis Martínez (que también fue editor) o Carlos Monsivais, entre otros; la biblioteca de Martínez ya está reconstruida, y la están digitalizando, para que convivan aquí (y ese es el propósito) el pasado (las bibliotecas tal como las hemos conocido) y el futuro, las bibliotecas digitales que vienen y que se convertirán, antes de lo que estamos pensando, en las bibliotecas a las que acudirá la gente para saber qué se publica o qué se publicó. Vi a los esforzados digitalizadores (trabajan en turnos sucesivos, cubriendo las veinticuatro horas de todos los días) reproduciendo las páginas de todos los libros de Martínez y de otros autores cuyas bibliotecas están siendo reconstruidas en una especie de monumento a la letra impresa que aquí va a convivir con la letra que ya está viniendo. Me pareció un relato fascinante, un proyecto que permite cambiar de conversación y admirar la determinación de un país a favor de lo mejor que tiene, la cultura y la historia, frente a un presente lleno de recovecos muy difíciles. Me fui de allí, y era mi último día en México, envidiando aquella luz de los libros, aquel orden respetuoso en el que ahora conviven los casi cincuenta mil libros de Martínez, clasificados como para, algún día, ser el testimonio penúltimo de una forma de editar (y de leer) que los tiempos van a consumir más temprano que tarde. Y volví a España, claro, y ya en el avión empecé a notar que ingresaba en otra conversación, la nuestra, la que ahora se enciende a todas horas en la radio, en la televisión, en los periódicos y en las plazas públicas. Pero así es la vida, no hay que lamentarlo, hay que buscar otros temas de conversación, simplemente, y ponerse a ellos, para hacer un poco más diversa nuestra presencia en la vida.

Juan Cruz/elpais.es

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