El perfil de los ejecutores

El perfil de los ejecutores

Matar a otros seres humanos es perfectamente legal en ciertas circunstancias: los soldados matan, los policías matan, los verdugos matan (y, en Estados Unidos, puedes ser voluntario para ir a dispararle a un tipo condenado a muerte pero, eso sí, con la pequeña provisión —de una conmovedora exquisitez— de que entre las armas que les proveen a los ejecutores, son varios, hay una que no tiene balas; entonces siempre te quedará la duda, a pesar de las ganas que tenías de ir a descerrajarle un balazo a un pobre diablo, de que lo hayas realmente matado ), los pilotos de los cazabombarderos matan, en fin, papá Estado, cuando se trata de salvaguardar sus más supremos intereses, le otorga a ciertos ciudadanos atribuciones verdaderamente colosales, aparte de terroríficas.

Ciro Gómez Leyva, en su columna de ayer, hablaba de la “tentación de salir a matar y exterminar a los malos”, así nada más, sin mayores trámites. “En caliente”, como dirían nuestros clásicos. Se entiende este impulso en una población que se siente directamente amenazada y que comprueba —día a día y con una creciente frustración— la podredumbre de nuestro aparato de justicia. A estas alturas, además, ¿para qué detenernos en formulismos y formalidades si de lo que se trata es de deshacernos, de una buena vez, de estos canallas?

El problema, sin embargo, es la selección del personal que va a ejecutar la tarea o, mejor dicho, el trabajo sucio. Uno, como persona particular sin responsabilidades políticas, imagina a una especie de vengador anónimo de película que se encarga de la faena sin mayores problemas de conciencia, animado, además, por un espíritu de justicia. La realidad, desafortunadamente, es bien diferente. Y si ya tenemos aquí a un poeta que pide al Ejército que no se “envilezca” combatiendo a los delincuentes (¡!), entonces imaginen ustedes la ínfima categoría moral que podrían tener los comandos encargados de exterminarlos pura y simplemente. Además, luego de que terminen con el encargo, ¿qué hacemos con ellos? ¿Los ponemos a vender Biblias?

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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