El arte y la ciencia de la siesta

SiestaTras una buena y abundante comida, una progresiva sensación de sueño nos va envolviendo poco a poco. En estos casos, el principal responsable de hacernos caer en los brazos de Morfeo es la glucosa, que se encuentra bastante elevada en sangre tras la ingestión sustanciosa de alimentos. Aún así, no es requisito indispensable haber comido para tener sueño entrada la tarde, pero este factor, junto con el calor, favorecen la somnolencia.

Es entonces cuando llega la tentación: ¿dormir o no dormir la siesta? Si la pregunta se hace en el trabajo, probablemente habrá que hacer de tripas corazón y seguir con la tarea a trancas y barrancas (aunque no debería ser así, decenas de estudios científicos sugieren que aumenta la productividad). La situación cambia radicalmente al estar en la tranquilidad del hogar o de vacaciones. Es entonces cuando podemos disfrutar sin límites de este pequeño placer de la vida que es, además, beneficioso para la salud.

Una actividad tan cotidiana como esta tampoco ha pasado desapercibida para los investigadores y no son pocos los estudios que se han centrado en investigarla desde muchas perspectivas. A continuación, profundizaremos un poco más sobre lo que hoy sabemos acerca de la siesta.

¿Dormimos la siesta por nuestra biología o por nuestra cultura? Una de las primeras preguntas que pueden surgir en torno a la siesta es sobre su origen. ¿La dormimos por tratarse de una costumbre en nuestra sociedad, como el café de la mañana o el té de las 5, o hay algo más detrás? Todo parece apuntar que lo que nos lleva a dormirla es, en realidad, una necesidad biológica:

-Está muy bien documentado que gente de culturas y épocas muy distintas recurrían a la siesta (entre ellos los antiguos romanos, que le llamaban la “sexta hora”). En la actualidad, tampoco es difícil encontrar países alrededor del mundo donde sea típico dormirla como China, España, Eslovenia o Israel.

-También se sabe que muchas especies de animales (tan dispares como las moscas o los gorilas) tienden a echarse un sueñecito más allá del mediodía y algunos de los genes implicados también los poseen los seres humanos.

-Existe una predisposición general en el ritmo circadiano de los humanos a cansarse y tener sueño 8 horas después de levantarse, entre el mediodía y la tarde.

Así pues, no se sienta culpable cuando, en medio de algún acto social importante y en pleno horario “siestil”, no pueda evitar los bostezos. Su reloj biológico le está diciendo que no viene mal hacer una pausa.

¿Cuál es la duración óptima de la siesta? Una buena siesta puede resultar muy beneficiosa, pero siempre en su justa medida. Echarnos una siesta de más de 1 hora puede trastocar nuestro ritmo circadiano, provocar que pasemos completamente groguis la tarde y/o dificultarnos dormir durante la noche. La duración ideal de la siesta ronda la media hora, pero la cantidad de minutos exacta y perfecta depende de cada persona. Hay individuos que con 10-15 minutos de sueño tienen bastante y otros que necesitan 40 minutos. Es cuestión de experimentar y ver qué duración es más favorable para nosotros. También es importante no empezar a dormir la siesta más allá de las 6 de la tarde para no interferir con el sueño de la noche.

Sobre esta cuestión, los científicos llevan muchos años investigando la siesta perfecta o “siesta poderosa” (Power Nap). El objetivo es conocer cuánto es el mínimo tiempo suficiente para producir beneficios en determinados aspectos (memoria, productividad, atención, concentración…). En términos generales, la mayoría de estudios indican que el tiempo óptimo varía entre los 15 y 30 minutos.

¿Cuáles son los beneficios de la siesta?

Son muchos los investigadores que han centrado su atención en el noble arte de la siesta y en sus posibles beneficios. La mayoría de los estudios son aún pequeños y de conclusiones iniciales, pero también encontramos a algunos potentes, que han realizado un seguimiento a miles de personas durante muchos años. Uno de los estudios mastodónticos sobre la siesta lo realizó la Universidad de Harvard en 2007. Consistía en un seguimiento de 6 años a cerca de 24.000 personas.

¿Las conclusiones? Los investigadores descubrieron que aquellos que dormían la siesta por lo menos tres veces a la semana durante al menos media hora, tenían un 37% menos de riesgo de mortalidad por enfermedad coronaria que aquellos que no dormían la siesta. Se observó un mayor efecto protector de la siesta especialmente entre los hombres que trabajaban. Los autores del estudio explicaban que la razón de estos resultados se podría deber a la siesta como un “liberador de tensión”, ya que se sabe que el estrés está muy relacionado con los problemas cardíacos de origen coronario.

Otros estudios más modestos sugieren que echarse una buena siesta aumenta el rendimiento de los trabajadores, ayuda a la retención de nuevos datos (refresca la memoria), reduce el riesgo de accidentes laborales y la fatiga, refuerza la atención y la concentración y favorece el aprendizaje. En definitiva, todo ello viene a decir que la siesta supone un soplo de aire fresco para nuestras funciones cognitivas  ya que, conforme van pasando horas estando despiertos, nuestro cerebro va perdiendo poco a poco facultades (sólo hay que ver cómo rendimos al día siguiente de haber pasado una mala noche sin dormir).

Ahora sólo nos queda esperar a que grandes estudios científicos respalden o no estos resultados. De confirmarlos, habría muchas justificaciones para fomentar la siesta en el trabajo y muchas razones para alegrarnos al confirmar que no todo lo bueno en esta vida mata o engorda.

 Esther Samper/elpais.es

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