Avión o pájaro

Avión o pájaro

Es domingo y el árbol de mi ventana ha dado en cantar una música de viento. Es una canción tenue, como ha sido clara la tarde. Todo el día hubo un sol de fines del verano que desde la mañana prometió una comida en el jardín. Y a las tres llegaron los niños con sus papás. Venían de una fiesta infantil y les habían pintado la cara. A ella con una mariposa y a él con la muerte. Nunca ha estado la muerte tan viva como en la cara del niño con los ojos circundados de negro hasta cubrirle media frente y la mitad de las mejillas. Lo demás era verde con unos quiebres oscuros. A Eugenia, que quiere decir bien nacida, las alas de la mariposa se las pintaron de lila y venían medio quebradas por los lagrimones de un disgusto menor. Cuando bajé ya estaban todos con el hambre hasta el cuello, sentados en el jardín, dueños de unas cucharas afiladas, a punto de hundirse en sus platos con sopa de hongos. Luego comimos “cochinita pibil”, que es un guiso hecho con carne de puerco y achiote. El achiote es una mezcla de hierbas y sazones, sin chile, que pinta de naranja la carne y el alma. No sé por qué a semejante argamasa se le llama recaudo. Pero, buscando un sinónimo para la palabra, encuentro que recaudo puede significar custodia. Y eso me gusta muchísimo. En lugar de decir se le unta el recaudo, hemos de decir se custodia con achiote. Luego, a tal guiso, inventando en Yucatán, donde aún pueden hacerlo en horno de leña y forrado con hojas de plátano, en nuestra familia se le han ido agregando algunas variantes. Doña Emma, la bisabuela de los gemelos, que tan bien comen este invento, era hija de asturianos, nació en Cuba y se casó en Chetumal. Habrá tenido veinticinco años cuando aprendió a cocinar este lujo al que inventó agregarle salsa de jitomate, crem col. Cosa que a los descendientes les resulta ya un acompañamiento irrevocable que escandaliza a los expertos antes de fascinarlos. Yo no puedo comerlo sino así. En realidad, la niña y yo, fingimos unos tacos de carne que en realidad son de crema, cebolla y col.

Después del postre, los adultos se pusieron a conversar sobre el nuevo tamaño de los teatros en la provincia, sobre sus virtudes acústicas y su belleza. Mientras, los niños, nos pusimos a jugar carreras, luego vueltas, luego maromas, al final burro y caballo. Todo bajo el cielo azul, como de Quito, que lleva una semana con nosotros y que ha de irse de golpe para volver quién sabe hasta cuándo. A mí me fascina dar vueltas sobre mi eje. Marearme de tal modo que he de caer al suelo cerrando los ojos hasta sentir que estoy volando. Sólo los niños quieren acompañarme en ese juego que es volver a ser como ellos. Se fue el tiempo como aire entre los dedos. Luego abrimos los ojos y hacemos apuestas. ¿Avión o pájaro? ¿Quién pide qué? ¿Y quién gana? Yo ahora tuve suerte: pedí un pájaro cuando los niños pidieron un avión y pasó un pájaro, pedí avión y pasaron dos. Lo que es el ánimo. A veces odio el ruido de los aviones, ahora, tirada en el pasto, llamándolos, me fascinó.

Como a las siete el cielo de mi rumbo manda un avión tras otro. Pasa un jet grande, un avioncito de hélices, uno con dos turbinas muy vistosas, otro con la cola respingada y una especie de rompe vientos en la punta. Cuando uno entra a un avión no sabe bien cómo se ve por fuera, desde aquí abajo, con la mirada de los niños, cada avión es, como cada pájaro, único, inolvidable y azaroso.

Punto y aparte: Ayer, el poeta Luis Miguel Aguilar recordó un verso de José Juan Tablada que se llama “El caballero de la yerbabuena”. Oigan ustedes estos versos, escritos en 1943: En la más sincopada de las rumbas/préndeme tu vacuna, oh marihuana,/universalizando el incidente.

Punto Final: ¿Avión o pájaro? ¿Con qué quieren empezar la semana? Yo felicitando a Catalina. Que, según el día, es avión, es pájaro o es, sin dudas, las dos cosas a un tiempo.

Angeles Mastretta/http://lacomunidad.elpais.com/puerto-libre/posts

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