Algo que leer

Algo que leer

No recuerdo haber sentido nunca verdadera preocupación por los estragos físicos que pueda causarme el paso del tiempo. Aun sabiendo que, a diferencia de algunos inmuebles, a los seres humanos se nos arruina el cuerpo sin que podamos sacarle provecho, la verdad es que no he dedicado mucho tiempo de mi vida a quejarme de que se haya esfumado la juventud. Son cosas que pasan y que no tienen remedio. Uno echa cuentas, sabe que ha perdido algunas facultades y a veces duda si cruzar La Castellana en hora punta. Pero sólo un idiota no contaría con eso. Lo importante es relativizar las pérdidas. El envejecimiento sólo significa que hay que desistir de algunos proyectos. Yo, por ejemplo, no hago planes para muy adelante. Sé que a cierta edad un hombre dispone de un tiempo tasado. No hay que ser muy listo para caer en la cuenta de que cuando éramos jóvenes ni nos habíamos fijado siquiera en la enorme cantidad de funerarias que había en la ciudad. Una amiga se me quejó de las arrugas de su piel y parecía muy abatida. Traté de tranquilizarla diciéndole que no tiene sentido que se preocupe por el visible deterioro de su cuerpo porque al mismo tiempo que se vence la piel de su rostro, se le habrá estropeado la vista a los hombres que podrían fijarse en ella. Le recomendé que fuese consciente de la edad que tiene y no pretendiese objetivos que le correspondería haber intentado de joven. «La vida es como es, los cuerpos claudican y de lo que se trata, amiga mía, es de que el esfuerzo que antes podrías haber hecho al adoptar posturas acrobáticas con un hombre en la cama, lo administres de manera que aún seas capaz de la proeza de arrodillarte en misa». E insistí: «Si te miras con detenimiento en el espejo, te darás cuenta de que tu belleza es ahora otra, más blanda y arrugada, es cierto, pero piensa que lo que ocurre no es otra cosa que el hecho irremediable de que se te ha subido a los ojos la piel de los codos». Yo sé que lo entendió a la primera y no fue necesario insistir, entre otras razones, porque a cierta edad la franqueza se parece horrores al mal gusto. Mi amiga está casada y no es feliz porque su marido ya no se comporta en la intimidad como cuando eran jóvenes. No tendría que amargarse por eso. Suele ocurrir. Se dice que un rostro arrugado es la obvia demostración de haber vivido mucho y que en una tez marchita hay mucho que averiguar. Una fulana me dijo hace años: «No me vengas con la puta historia de que cada arruga es un párrafo de una novela. Vivo de mi cuerpo, cielo. Y a los hombres que me pagan, por lo general no les gusta leer».

José Luis Alvite/larazon.es

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