A las diez

A las diez
Rufino Tamayo

Los perros ladraban desde el fondo del patio. Husmeaban entre la maleza. “Deben andar comadrejas”. La voz de ella hizo pedazos el silencio, “vienen por la comidas de los cerdos”.
Él asintió con la cabeza. Luego dijo “ajá “. Se paro y se dirigió a la ventana. “¡Fuera!”, gritó.
Ella limpió la mesa, colocó en el centro un mantelito blanco y encima un florero vacío. Él volvió a sentarse, se desprendió el cinto y respiró sin ganas el aire repleto de un olor desagradable que persistía en la casa.
“Mañana es domingo” dijo. “Iré hasta el monte a quemar la vaca muerta; ya me da dolor de cabezas el olor a podrido. Se han quejado los Rodriguez y dicen que la vaca es mía, que tiene mi marca”
Ella terminó de secar los platos y se sentó. Hizo tamborilear los dedos sobre la mesa. Él la observaba en silencio. La notó curiosamente más vieja que la noche anterior.
Ella seguía con los dedos bailando sobre la mesa y él la seguía viendo, y en el espejo de sus ojos tristes se veía él mismo, embadurnado de esa misma nostalgia desafiante y ya madura, de ese tiempo transcurrido sin prisas pero a un ritmo tan monótono como el de un vals. Afuera los perros comenzaron a ladrar nuevamente. Él se estiró hasta alcanzar las manos de ella. Ella lo miró a los ojos como hacía tiempo no lo miraba, y ambos se encontraron en la mitad de la mesa sabiendo que algo se estaban perdiendo, que la vida era, en cierta medida, poder levantarse a las diez de la mañana y salir y desperezarse y dejar de se vaya todo, a estas alturas, bajo estos años, a la mismísima mierda. De alguna manera, en ese silencio, estuvieron de acuerdo. No hicieron falta palabras. Pensaron lo mismo. Una iluminación, el final de la mecha, un darse cuenta.
“Mañana domingo”, recordó él mientras se desvestía. Para esas horas los perros se habían callado. Ella colocó el farol sobre la mesa de luz y se arrodilló en el suelo frente a la imagen de la Virgen. Rezó en silencio un instante y se acostó.
El viento traía desde el monte un olor a podredumbre que se colaba por las aberturas de la ventana. Parecía que nada lo podía detener, como enviado por el diablo. Ella apagó en farol y se acostó y la oscuridad se hizo inmensa.
“Acuérdate de la vaca “, la voz de ella susurró en la negrura.
“No, no me acuerdo. Que se pudra ahí”, dijo él, “después de todo no me duele tanto la cabeza”.
“Se van a venir a quejar”“
“Que se jodan, que la quemen ellos si les molesta más que a nosotros. Mañana nos levantamos a las diez. A estas alturas ni Dios debería tomarse el atrevimiento de decirnos qué hacer”. Y se cubrió con la manta. Ella hizo lo mismo. 

L.P.

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