¿Cuánta gente debería estar en la cárcel?

¿Cuánta gente debería estar en la cárcel?
Autor: Cristina Alejos Cañada.

Imaginemos que el supremo gobierno se toma el tema en serio, por fin, y que comienza una gran ofensiva contra la corrupción, madre de todos los vicios. Y así, detiene, juzga y encarcela a jueces, policías, funcionarios, líderes sindicales, diputados, senadores, inspectores, aduaneros, supervisores, etcétera… Al final, ¿quedará alguien para cerrar la puerta?

Tal es la magnitud del problema que tenemos, señoras y señores. ¿Quién puede, por ejemplo, apartar y condenar a un juez que se ha vendido a los criminales? Otro juez. Muy bien, pero, justamente, resulta que ambos integran un mismo cuerpo, llamado Poder Judicial, y que, por lo general, ninguna corporación tiene la capacidad de supervisarse a sí misma de manera adecuada. Sabiendo esto, el Estado mexicano decidió, por ejemplo, que las elecciones no las debían controlar sus propios organismos y las dejó en manos de una entidad esencialmente ciudadana, el IFE (naturalmente, esto fue antes de que los partidos políticos volvieran a meter las manos para restarle autonomía a una institución ejemplar y para, encima, dotarla de atribuciones absurdas y excesivas). Pero, en el caso del combate a la descomposición nacional, son los policías “buenos” quienes deben de atrapar a los policías “malos”, los jueces “honestos” quienes deben sentenciar a los jueces “deshonestos”, los políticos “honrados” quienes deben denunciar a sus mismísimos colegas, los políticos “indecentes”. No parece la mejor estrategia, poner a la Iglesia en manos de Lutero.

Pero hay, además, un asunto de números. La corrupción es un mal endémico y, por lo tanto, contamos, por así decirlo, con una sobrepoblación de corruptos. Si limpiáramos de veras la casa, miles y miles de ciudadanos deberían de estar tras las rejas. Y, vuelta a empezar: ¿en qué cárceles los metemos, en qué condiciones y bajo qué procedimientos?

Pero, me he excedido de pesimismo en mis últimos artículos. Voy entonces a cerrar los ojos y a imaginar que nos volvemos universalmente honrados, como por arte de magia. Sí…

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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