Yo tenía un país

Yo tenía un país
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Todavía no terminábamos de asimilar lo que pasó en Torreón cuando teníamos encima los casos de Monterrey, Acapulco y Veracruz, al perro Flash, a las Ladies de Polanco, las declaraciones de Ángel Verdugo y una lista impresionante de cuestiones como para salir a las calles y protestar.

Yo, en lo personal, además de esto, fui testigo de varias escenas apocalípticas.

Me tocó ver cómo tres tipos agarraron a golpes a un inocente lavacoches en un centro comercial de la Ciudad de México.

A un señor que, con su carro, obstruyó el paso del Metrobús y que, en lugar de atender las instrucciones de un agente de tránsito, le dijo hasta de lo que se iba a morir y se fue como si nada.

A la típica ama de casa en camioneta que obstruyó una vialidad para ponerse a platicar con una amiga mientras esperaba a sus hijos afuera del colegio.

A un cirquero que consideró chistoso torturar a un animal en público para vender boletos de a 30 pesos para su espectáculo y a un misterioso valet parking que, en cuestión de minutos, se apoderó de la vía pública.

Obviamente no hay punto de comparación entre ninguna de estas cuestiones, pero el impacto es brutal y la acumulación, peor. Duele, enoja, asusta.

Por si todo esto no fuera suficiente, me la he pasado recibiendo reclamaciones.

Desde gente que está molesta porque dice que a las víctimas de Monterrey sí se les está atendiendo y a las de la guardería ABC de Hermosillo no, hasta personas furiosas porque Televisa no canceló la pauta publicitaria de Playcity ante la tragedia en Nuevo León.

¿Qué está pasando aquí? No, no es que México se esté desmoronando ante nuestros ojos, que hayamos perdido la capacidad de asombro, que tengamos malos líderes o que no sepamos diferenciar entre el tamaño de una tragedia y otra.

Está pasando que hemos llegado al límite de nuestra tolerancia, pero no en las mismas condiciones en que está llegando la gente de otras partes del mundo.

Aquí, por nuestros antecedentes políticos y electorales, por el tamaño y la cantidad de violencia que recibimos constantemente, por nuestra cultura, por la guerra y por la respuesta de nuestros medios tradicionales, el nivel de irritación es mayúsculo y esto ya es tierra de nadie.

Cada quien hace lo que se le da la gana, como se le da la gana, cuando se le da la gana.

Nadie tiene la culpa de nada. Ni de un atentado terrorista, ni de una balacera, ni de una construcción, ni de un asalto, ni de un problema de salud, ni de un embotellamiento. ¡De nada!

Ah, pero eso sí, siempre estamos buscando culpables. ¿Qué fue lo primero que se dijo cuando salió la nota del Casino Royale?

Que las víctimas tenían la culpa por haberse ido a divertir a un casino, que la autoridad era pésima por haber permitido que ese lugar operara y que Monterrey iba en decadencia porque sus habitantes ahora juegan al bingo en lugar de trabajar.

Hasta a Felipe Calderón se le ocurrió la genial idea de echarle la culpa de esto a Estados Unidos.

Fíjese, por favor, lo dañados que estamos. En este asunto de “estoy molesto”, “primero yo” y “me tengo que desquitar con alguien” hicimos a un lado un atentado terrorista.

Es como si el 11 de septiembre de 2001 a alguien se le hubiera ocurrido culpar a las víctimas de lo las Torres Gemelas por haber estado ahí trabajando desde temprano.

O como si en lugar de resolver, el alcalde de Nueva York, en aquel momento, hubiera responsabilizando de la masacre al político que firmó las los permisos para la construcción del World Trade Center.

¿Qué tiene que pasar en México para que recuperemos la cordura? ¿Qué nos tiene que suceder en lo individual para que reaccionemos?

¿En qué momento asumiremos la responsabilidad de nuestros actos? ¿Cuándo vamos a dejar de pensar nada más en nosotros mismos para acordarnos que formamos parte de un todo social?

¡Cómo no queremos que un grupo terrorista incendie un casino si aquí, entre otras cosas, cualquier par de fulanas puede humillar públicamente a unos policías, que lo único que hacían era cumplir con su trabajo!

A nivel macro, México y el mundo están pasando por momentos espantosos, pero a nivel micro, a nuestro nivel, ¿qué está sucediendo? ¿Recuperaremos las nociones de respeto y sociedad? ¿Cuándo?

Yo tenía un país. Ahora ya no sé qué es lo que tengo. ¿Usted sí?

Alvaro Cueva/mileniodiario

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