Palabras y dientes

Obama - Pete Souza White HouseBarack Obama es uno de los hombres más brillantes y elocuentes que ha vivido en la Casa Blanca. Una mente bien equipada y ordenada, una cabeza extraordinaria, un comunicador excepcional. Su campaña dio muchas muestras de esa razón que trasmite: una inteligencia persuasiva que logró remontar todos los obstáculos hasta conseguir la presidencia de su país. Su admirable autobiografía, sus discursos sobre el problema racial en los Estados Unidos, sus mensajes a la Convención Demócrata, sus palabras en Estocolmo al recibir el Nobel de la Paz son muestra de una razón que se desenrolla públicamente, que hilvana la historia con el presente, que conecta ideas y valores con la experiencia del día. No era la suya una inteligencia abstracta, sino, más bien, una forma de sensibilidad, un olfato que relataba un cuento colectivo, un cuento del que valía la pena formar parte. Obama reivindicaba en su campaña la política argumentativa. Se montaba en las tecnologías más modernas pero usaba el instrumento más viejo: la palabra. El liderazgo político, sin embargo, es más, mucho más que inteligencia retórica. Lo podemos constatar ahora con su presidencia: el diestro de la palabra ha resultado un torpe en el gobierno.

El desencanto que ha producido su gestión tiene, por supuesto, muchas fuentes. La crisis que heredó ha sido mucho más profunda de lo que imaginaba inicialmente; sus efectos, sobre todo en el empleo, han sido terribles. Ha enfrentado también una oposición recalcitrante. Pero en la irritación que causa en unos y la decepción que provoca en otros, Obama tiene mucha responsabilidad. Mi impresión es que su error capital fue creer que la superación de la polarización ideológica implicaba la superación del conflicto político. Esa fue su idea elemental: salir de la prisión ideológica que dividía a los Estados Unidos. Tras la presidencia de Bush, Obama hablaba de la necesidad de escapar del radicalismo, de la cerrazón ideológica, de esa política binaria que, a su juicio, tanto daño provocaba. Obama quiso ir más allá de los partidos de derecha e izquierda. Más que un plan de gobierno parecía que en ocasiones ofrecía una filosofía para la convivencia: entendimiento, tolerancia, cohesión. Claro: tenía ideas sobre las políticas que había que reformar, pero lo importante para él era esa perspectiva moral de la sociabilidad.

La presidencia fue el primer cargo ejecutivo de Obama. Había sido abogado, activista, profesor, legislador. De pronto, vivía en la Casa Blanca y era titular de un poder que no se comparte. Imagino que la carga de la responsabilidad ejecutiva sacó de eje al predicador del consenso. Seguramente confió que su disposición al diálogo desactivaría la política de odio que muy pronto se desató en su contra. El efecto fue el contrario: a la inquina de sus enemigos se agregó la decepción de sus aliados que nunca lo han visto pelear. Los radicales de la derecha pelaban los colmillos, mientras él seguía flotando, imperturbable con sonrisa impecable y perfecta dicción. Tuvo mayoría en ambas cámaras en el primer tramo de su gestión pero nunca pensó la política legislativa en términos mecánicos. Hasta cuando no lo necesitaba, soñaba con el acuerdo. Quiso ser el gran puente entre los partidos: el eslabón que reconcilia las mitades enemigas de su país. Hoy enfrenta la furia de sus enemigos y la decepción de sus aliados. Y la polarización es más aguda que nunca.

En su autobiografía, Barack Obama describe su búsqueda personal, el largo camino para encontrar su identidad, su sitio, su nombre. En un pasaje revelador, habla de un descubrimiento temprano. En la adolescencia se percató que los negros eran vistos con desconfianza por los blancos. Cualquier cosa servía para ratificar la validez del prejuicio: violentos, peligrosos, indignos de fiar. Fue entonces cuando descubrí, escribe Obama, que había una forma de tranquilizarlos: sonreír y actuar con suavidad. No hacer nunca movimientos bruscos que los pudieran espantar. Un negro de buenas maneras que no está enojado tranquiliza a los blancos. Tal vez tropiezo con un psicologismo elemental al advertir que en ese descubrimiento temprano estaría una trampa que sellaría la política del presidente Obama. Jamás apretar la quijada, no enojarse nunca, no levantar la voz, no hacer jamás movimientos rudos. Sonreír y hablar con elegancia. En aquella lección del adolescente está tal vez la claudicación del líder. Si algo resulta frustrante de su gestión es precisamente su indisposición a dar la batalla por sus iniciativas, la falta de nervio en su argumento, la claudicación en el debate público. Si la política se hace con la boca, necesita atreverse a mostrar los dientes. Sin disposición al conflicto, sin arresto para la pelea, sin voluntad de combate no puede haber dirigente.

Fuente: http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/

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