No llores por mí Argentina

No llores por mí Argentina

Lo siento por Buenos Aires, pero Barcelona es una ciudad que sabe convivir con sus monumentos. Los presume, los respeta, los comparte. Está acostumbrada a que la gente venga a verlos, Messi es su último mito. Vive y muere aquí. Llegan a verle de todos sitios, necesitan saber si existe, si es de verdad. Venir a Barcelona se volvió una peregrinación Mundial. Hay filas de años para entrar. La mayor fuerza
desconocida despúes de Maradona no se sabe todavía hasta dónde llegará, pero ya está lejos. La televisión no es capaz de transmitirlo entero, en vivo es una experiencia. El estadio se levanta con todo y rival dentro. Lo voltea. Ahí estaba al minuto 44 del primer tiempo (2-1), montado en el partido más poderoso de la época, casi sin entrenar, pero gobernando ambos equipos, los más caros de todos.

El Barsa y el Madrid dependen de él. Los dos cuadros le siguen a donde vaya, uno a la victoria y el otro a la derrota. Messi es inevitable para uno y otro. Es santo y cruz. Oficialmente el peor enemigo que el madridismo haya tenido nunca y el máximo representante de la escuela catalana.

No hace falta más que ver la jugada de su primer gol. Clemencia. Con Casillas vencido, retorciéndose en el campo y Cristiano arrodillado detrás suyo pidiéndole que se detenga, todo sucedió en el área chica del Camp Nou, la Capilla Sixtina del futbol. El primer título de la temporada es para el Barsa, un club que encontró en Messi la razón de su grandeza en base a humildad. Jamás diez futbolistas tan buenos habían estado al servicio de un jugador único.

Si dentro de muchos años alguien se pregunta cómo es que el Barsa ganaba y jugaba tanto la respuesta será sencilla. Porque lo hacía con Messi, el mejor futbolista de los grandes.

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo/mileniodiario

 

Deja un comentario