México: un país informal

Y no lo es solamente en el sector económico, sino también en varios aspectos sociales, culturales y políticos.

Vianey Esquinca

México: un país informal

Esta semana, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) informó que la cifra de los mexicanos que trabajan en la informalidad alcanzó un récord histórico al llegar a 13.4 millones de trabajadores.

Primero habría que solicitarle al Secretario de Trabajo, Javier Lozano, que se abstenga de registrar esta marca en los Récord Guinness. No, señor secretario, éstas no son buenas noticias. Segundo, habrá que pedirle una nota aclaratoria al INEGI, pues aunque las cifras dadas a conocer son de por sí escandalosas, La Inmaculada tiene pruebas de que el Instituto equivocó sus cálculos y que hay muchos millones de informales más trabajando en el país.

De acuerdo con los economistas, se conoce como trabajo informal aquellas actividades económicas de mercado que se operan sin constituirse como una empresa, esto es, que se ejecutan sin pagar impuestos y/o sin cumplir los requisitos que marca la ley. Ahí está el detalle, aunque tradicionalmente se ha ubicado dentro de este sector a los vendedores ambulantes o a las personas que ofrecen servicios o productos a domicilio; la verdad es que, de acuerdo con el estudio realizado por el grupo de estudiosos de CHAMBITA (Coalición de Hombres & Mujeres Buscando Insistentemente Trabajo Asalariado), hay varios informales que deberían ser incluidos porque tampoco cumplen con la ley o con las normas:

Los políticos. “Informalmente” se hacen cientos de acuerdos bajo la mesa y todos ellos al margen de la ley. Lo mismo para repartir el gabinete entre los grupos que apoyaron una candidatura, como para bloquear iniciativas y reformas o hacer alianzas políticas antinatura.

Los informales atípicos. Es típico de esos grandes corporativos o empresas que contratan a los mejores despachos de contadores para ver cómo pueden evitar pagar impuestos. Lo peor es que, además de que no pagan, piden millonarias devoluciones de IVA ¡y se los devuelven!

Los conversos. Pagaban impuestos, cumplían con la ley, pero tras ser víctimas mes tras mes de los vampiros del SAT, que les extraían hasta la mínima gota de sangre, decidieron convertirse a la religión de los informales. Los métodos de presión del Sistema de Administración Tributaria hacen parecer que los que pagan impuestos son los ilegales que hay que castigar.

Pero además, dentro de la definición más amplia del sector informal que incluye aquellos que han convertido la informalidad en su modus vivendi, se encuentran millones de ciudadanos que dicen que van a llegar “entre 10:00 y 10:30”, para finalmente hacer acto de presencia pasadas las 11:00. No es gratuito que México sea de los países que pone en sus invitaciones de bodas, XV años y bautizos, que la misa comenzará 30 minutos antes, con el fin de que los invitados lleguen a tiempo.

Por supuesto, nadie cree que realmente el carpintero entregará el mueble a los dos días que prometió, ni que el plomero llegará a la hora y día acordado. Frases como “nos hablamos”, “a ver qué día nos vamos a tomar un café, ¿no?”, son situaciones que no van a llegar, al menos en el corto tiempo.

México es el país de la informalidad, no sólo en el sector económico, sino también en varios aspectos sociales, culturales y políticos. Por ello, al final del estudio preparado por los expertos laboristas, se hizo una recomendación contundente: “Para acabar con la Informalidad, es necesario formalizarla” ¿Cómo? Con sencillas medidas, como poner en una estación del metro, metrobús o tren suburbano, una estación llamada informalidad, que además rinda homenaje a que estos sistemas de transporte nunca se inauguran a tiempo, y cuando lo hacen, siempre están incompletos.

Otra sugerencia es llamar a un puente, segundo piso u obra de infraestructura Informalidad, y así ahorrarse el nombre de algún político o héroe nacional. Así  también se estaría honrando los acuerdos “informales” que hacen los gobiernos con las constructoras, en los que se les da la obra en adjudicación directa, sin ni siquiera licitar.

Finalmente se podría cambiar el nombre de alguna colonia que haya surgido de los asentamientos irregulares, donde la informalidad encuentra el paraíso.

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