Galgo dormido (I)

Galgo dormido (I)

No sé si las tengo merecidas, pero el caso es que llegan las vacaciones y creo que no opondré resistencia. En la duda de que alguien desconfíe de que yo las necesite, estoy seguro de que habrá lectores que, por el bien de su descanso, incluso me las agradezcan. La verdad es que no es el cansancio físico lo que me anima a levantar la mano de escribir y darme un respiro. Quince días de distanciamiento de la tarea de escribir me vendrán bien para darle un repaso a mi vida, reflexionar sobre mis ocupaciones y decidir al menos si tienen razón quienes aseguran que el pesimismo existencial mejora sensiblemente con una dieta equilibrada. Ya que mi discutible inteligencia no me sirvió de mucho para mejorar mi autoestima, no veo motivos por los que no pueda confiar a partir de ahora en la eficacia intelectual de un menú con lechuga. Tampoco descarto el reencuentro con viejas lecturas que en su día me resultaron reconfortantes, como recuerdo que me sucedió la primera vez que leí «La muerte en Venecia» y quedé fascinado por la facilidad profiláctica de Thomas Mann para describir la atracción homosexual como si se tratase de un poético concurso de camelias. Leí aquella novela sentado en la sombra del porche de un café frente a una playa en Arousa y al levantar los ojos me pareció que todos aquellos bañistas eran hermosas y veniales criaturas capaces en un momento dado de sentir la pulsión de la belleza como algo que suscitase una emoción anovulatoria, decadente y balnearia, igual que la que describía Mann en aquel libro fascinante en cuyas páginas a mí siempre me parece que incluso la muerte huye aterrada de la peste que se cierne como lava de zotal sobre la bellísima ciudad desconchada, distraída y zozobrada. Aunque soy reacio a dejarme afectar por las lecturas, reconozco que la novela de Mann me produjo un impacto considerable y que durante algún tiempo hube de esforzarme para que su estilo no invadiese el mío. Me defendí con éxito de su influencia, pero aprovecharé estas vacaciones para reencontrarme con aquellas páginas, sobre todo porque la primera vez que le puse la vista encima a la novela de Mann, descubrí que la vida puede transcurrir rápida casi sin que sepas que está pasando, lenta e inexorable, casi un reloj con telarañas calcetadas como saliva en las agujas, como le pasaría el tiempo a un galgo que al final de su carrera por la arena pisada por el agua, se hubiese quedado dormido al sol en la culera de una silla de ruedas. Leeré a Mann en Praga y en Cambados. Después levantaré de nuevo los ojos y, como les dije a mis amigos de Facebook, seguro que no podré evitar la idea de que la vida sólo son alegrías, fracasos y pausas para la publicidad.

José Luis Alvite/larazon.es

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