Exorcismos de estío

Exorcismos de estío

Tomo ese título del inolvidable y querido Guillermo Cabrera Infante, cuyo Tres tristes tigres siempre es una música en mi cabeza, para referirme a la impresión que tuve anoche cuando vi a Benedicto XVI paseando en papamovil a lo largo de los pasos del Via Crucis que le prepararon al Papa en la ciudad de Madrid. Las imágenes, mucho más opulentas y poderosas, desde el punto de vista de la asistencia y de la calidad de las obras allí presentadas, joyas sin duda de la imaginería religiosa española, me recordaron la sensación que guardo de la tarde en que el obispo de Tenerife acudió a mi barrio a exorcizarnos. Algo había ocurrido, que mi memoria no retiene, que condujo a la autoridad religiosa a buscar la manera de quitarnos los demonios, y esa tarde hubo una especie de exorcismo. Ahora se ha producido en Madrid, en puridad, lo que podría llamarse un exorcismo de estío (Exorcismos de esti(l)o tituló Cabrera Infante su libro): en medio de lo más profundo del verano, en el ferragosto madrileño, un gentío ocupa las calles para festejar a su Dios y a su religión, en el ecuador de unas celebraciones que el Papa inauguró condenando como a diosecillos a aquellos que se atreven a poner en duda el arquitrabe de su propia fe. A partir de ahí, ha sometido a la población (también a la población institucional y política) al dictado de sus admoniciones, siguiendo la manía de dar lecciones también a los que no comparten sus creencias, y ha marcado con su impronta religiosa discusiones civiles (sobre el destino del Valle de los Caídos, por ejemplo) que dependen tan solo del poder político, delegado por la ciudadanía a través de las elecciones libres. También se ha interesado, y esta no es una palabra leve en su caso, por el porvenir de la educación y de la moral, como si éstas no fueran dependientes de la conciencia civil de cada uno. La religión, decían esta mañana en la radio, ha marcado este país a lo largo de siglos, y en los 40 años del mandato dictatorial de Franco, que fue bendecido por los obispos, la Iglesia mandó y manipuló las conciencias. Es hora de que la Iglesia renuncie a estar en todo. Y ahora, además, como han hecho en otros momentos la iglesia y la política conservadora española, para repudiar el matrimonio homosexual o el aborto, ha ocupado la calle para dedicarse un Via Crucis. Tienen derecho, como dicen, pero tenemos derecho también, los no creyentes, a decir que la sensación que queda es la de que han querido exorcizar este país.

Juan Cruz/http://blogs.elpais.com/juan_cruz/

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