Esta Eurozona vieja y amargada

Esta Eurozona vieja y amargada

Tenemos demasiadas ocupaciones para, además, ocuparnos de los somalíes, etíopes o eritreos que se mueren de hambre y sed todos los días.

En España nos angustia ver cómo se desmorona el sistema que nos había proporcionado el Estado del bienestar. Nos preocupa que estemos endeudados y no podamos hacer frente a los “compromisos”.

En Noruega vivieron hace pocos días la tragedia de la locura en forma de tiroteos y bomba contra inocentes que no tenían nada que ver ante el fanatismo de un extremista de la derecha. El país escandinavo que jamás había vivido algo de esas características, se encerró más en sí mismo viendo lo vulnerable que podía ser.

En Grecia, Portugal e Irlanda ven que los pobres seguirán siendo más pobres. Que los ricos tendrán que ceder —eso sí, lo harán poco aunque habrá que maquillarlo para que no se les acaben sus privilegios.

Alemania se cierra en su concha y dice que no da más dinero ni a los griegos ni a ningún otro país. Están hartos de salir de una crisis y rescatar a los demás. Turquía mira a otro lado. No quieren que el país que pordioseó durante tantos años su entrada a la Unión Europa y que ahora se ha convertido en una potente nación, tenga que ser ahora el prestamista del despilfarro público y privado del Viejo Continente.

Los países de la Unión Europea siguen teniendo importantes déficits, mucho paro y poco dinero. Primero tendremos que rescatarnos a nosotros mismo. Y luego ayudar al resto.

Con todo esto, con todas nuestras “preocupaciones” que más da que niños, adultos o ancianos se mueran en Somalia, Etiopía o Eritrea. Pero ¿dónde están estos países? se preguntan muchos. Eso es el ombligo del mundo. Es más, es un quiste al que están dejando morir.

Desde España estamos a algo más de cuatro horas en avión. Desde Italia son tan sólo tres. Casi cinco desde Alemania. Somalia, Eritrea, Etiopía están muy cerca, lo suficiente como para que pesara sobre nuestras conciencias.

Pero es algo que no es nuevo. Tiene muchos años. Tantos como historia tienen esos países. En el verano de 1994 estuve con mi camarógrafo, mi hermano Juan Cobo. A las afueras de Baidoa, una ciudad a dos cientos kilómetros de la capital, Mogadiscio a la que tardamos ocho horas en llegar en un carro cuatro por cuatro por carreteras sin asfaltar, vimos a niños que comían tierra. Y nunca, nunca llovía en el sur de Somalia. Nunca vimos una nube, ni tan siquiera de adorno. Y así ha seguido salvo las ocasionales lluvias torrenciales que han sido devastadoras porque han arrastrado vidas humanas y las pocas casas de adobe.

Son países que están fuera de la jurisdicción divina. El agua en Somalia, Etiopía, Eritrea es nuestro oro, nuestro petróleo. Los bidones macilentos de gasolina, donde guardan la poca agua que consiguen son nuestras albercas, nuestras neveras donde almacenamos mucha carne y mucho pescado y también quesos y jamón y caviar y marisco y champaña y buen vino.

En 1992 una hambruna que pasó a la historia del olvido acabó con trescientos mil somalíes. ¿Usted se enteró? No tenga sentimiento de culpabilidad. No se enteró nadie. Nos preocupamos y lo seguimos haciendo más por el progreso y el Estado de bienestar que por los somalíes que “sólo estorban nuestras conciencias”

Porque el ser humano es eso, ser humano con sus virtudes y sus miserias. Recuerdo que en Mogadiscio, la capital somalí, en una casucha de adobe, quisieron invitarnos a comer un arroz granulado. Eso es lo primero que aquellas gentes comían en días. Aun así el sentimiento de compartir y de que todos somos iguales era para ellos fundamental. Incluso a costa de poder morirse de hambre.

Cuanto más pobres son los países, uno se encuentra a gente que sabe sacar lo mejor de su alma, su esencia de lo que es y debe ser un humano pleno. Lo mismo que Europa, lo mismito. Lo malo es que nunca aprendemos, y aunque se nos caiga el Estado de bienestar como un castigo divino, seguiremos mirándonos al ombligo, viviremos de las rentas de la cultura de la vieja Europa que no es más que eso, vieja y amargada.

Alberto Peláez/mileniodiario

 

Deja un comentario