El pelmazo

En bares y chiringuitos habitan estos ejemplares dañinos que interrumpen el desahogo intelectual.

El pelmazo

No está en peligro de extinción. Abunda en todas las costas. Se mueve como pez en el agua en los restaurantes, bares, chiringuitos y clubes de nuestros litorales. Son ejemplares dañinos que interrumpen el desahogo intelectual propio de los veraneos. En verano, entre amigos de verdad, nadie pretende la búsqueda de lo trascendental. Además, que no es fácil afirmar lo que es trascendente y lo que no lo es. Para mí, que en una reunión de hombres es fundamental y trascendente una conversación en torno a las mujeres, y en una de mujeres, en sentido contrario.

El pelmazo estival aguarda a su presa. Su presa llega y se sienta con los periódicos para tomar una copa tranquilo y sosegado. El pelmazo, sin pedir venia o permiso, se sienta en la mesa de la presa, su víctima. Y sin dar tiempo a la reacción, le pregunta: «¿Tú crees realmente que en 2012 en España se va a producir un repunte económico?». Ante tan desagradable pregunta, ante tan grosera invasión de la intimidad ajena, ante tan inconmensurable coñazo, la respuesta no puede ser otra que la siguiente: «Lo siento, pero estoy veraneando».

El pelmazo estival frecuenta las playas. Y pasea frenéticamente por ellas para encontrar víctimas distraídas. En este caso, el pelmazo estival convierte las playas en un dominó. A medida que se va acercando a sus presas, si éstas se encuentran sentadas sobre la toalla, van cayendo como si fueran fichas de dominó para no ser sorprendidas por el pelmazo. Una figura tumbada es más difícil de reconocer que una sentada, o de pie o en la orilla. Que así se hallaba, en la orilla, un buen amigo mío, cuando fue atacado por la espalda y a traición por el pelmazo estival más temido de la zona. «¿Consideras adecuadas las últimas medidas económicas del Gobierno?» «Lo siento, pero estoy veraneando».

Este tipo de primate adquiere una desproporcionada pesadez si además cree que una charla cultural es aceptable en situaciones tan simples y respetables como las que procura el veraneo. Un pelmazo estival convenció a su presa para descender el Sella en una piragua. Ahí no hay escapatoria. En la mitad del trayecto, con la víctima remando y disfrutando del prodigioso encanto del río, el pelmazo comentó: «No entiendo las críticas de muchos al ‘‘Ulises” de Joyce. Para mí, es una obra fundamental de la Literatura. ¿Has leído el “Ulises”?». Algo sucedió en el río. La piragua dio la vuelta y el pelmazo quedó a merced de la posibilidad de ahogarse. La víctima alcanzó la orilla y se refugió entre la fronda. El pelmazo no consiguió enderezar la piragua. Cuando acudieron otros piragüistas a rescatarlo, había fallecido. La víctima declaró que no había podido socorrerlo por su falta de pericia en la natación. Fue puesto en libertad. Se le tributó un multitudinario homenaje. Matar a un pelmazo estival es dificilísimo.

Alfonso Ussía/larazon.es

Deja un comentario