El eclipse de Dios

El papa Ratzinger ha echado mano de las peores herramientas de las que se ha valido la Iglesia para hacer sentir su poderío.

Mientras caminaba por la calle, vi hace unos días a una monja gorda y vieja sentada en la banqueta comiendo tacos con el rostro enrojecido de placer. De pie a su lado, otra monja menos gorda y más joven sacaba de la canasta de la compra conventual frutas que devoraba con glotonería. De manera evidente no manifestaban ningún temor a Dios. No por el consumo abundante de grasas, carbohidratos y azúcares, que sin duda lastimaba considerablemente su salud, sino por las normas de la Iglesia que en tiempos del papa Ratzinger tienden a ser cada vez más severas y ejemplarizantes en el peor de los sentidos.

De golpe, la imagen de las monjas tragonas me trajo a la memoria el cine de Luis Buñuel. Surrealismo puro. Sólo faltaba un enano ensotanado blandiendo en alto un crucifijo con un anuncio en neón promocionando la taquería del pecado. Hasta donde se sabe, Buñuel era prácticamente el único español, por su origen, con credencial de ateo profesional validada por muchos investigadores que han indagado durante años sobre esa característica que promovía con insistencia desde sus años de juventud, cuando se vestía de monja de vez en vez y declaraba a todo el mundo que era ateo gracias a Dios.

Con toda certeza, Buñuel vivió a la luz de la fe demostrada, con una vocación científica y republicana, pero no estuvo nunca seguro del todo de la vigencia o no de la fe revelada y, sobre todo, sentía un miedo inmenso que opacaba la razón cuando se interrogaba sobre los alcances del largo brazo de la religión, de la Iglesia, de Dios. Quizá se atormentaba imaginando el momento en que tendría que rendir cuentas ante el Creador para recibir entonces el más grande de los castigos por su cerebral escepticismo. Optó pues por la dualidad para asegurarse de salir bien librado de aquel trance postrero.

La Iglesia, ya se ha dicho con insistencia, enfrenta en estos días una crisis que echa raíces y se hace profunda. La manera como interpreta su papel de pontífice Benedicto XVI tiene mucho que ver con esa crisis sin duda. En su tercer viaje a España, el papa Ratzinger ha echado mano de las peores herramientas de las que se ha valido la Iglesia para hacer sentir su fuerza y su poderío, cultivados de todas las maneras a lo largo de más de 2 mil años. Y más que nada ha echado por delante el miedo y la descalificación, la amenaza, el castigo.

No por nada insiste en viajar a España. Allá la crisis de la Iglesia se toca con los dedos y con los dedos se hace aritmética, estadísticas, números a propósito del desastre que transita desde hace largo rato. Y Ratzinger se ha plantado ahí con la cruz en una mano y el látigo en la otra. Remisos y ateos, los españoles habrán de entender por la buena o por la mala que tienen que volver al rebaño. Para decirlo pronto, su santidad y la institución que representa se encara a las mayorías rejegas: 72.7 por ciento de los españoles presume de su filiación católica, pero sólo 13 por ciento acude a misa los domingos. Entre los jóvenes, la estadística se reduce a 7 por ciento. Al mismo tiempo, las encuestas que advierten sobre el número creciente de ateos por acción o por omisión en la sociedad española están resquebrajando los muros de las catedrales. Según un informe del Centro de Investigaciones Sociológicas de España divulgado recientemente, “los ateos y los no creyentes representan ya uno de cada cuatro ciudadanos”. En realidad, estamos hablando de 24.3 por ciento de los españoles, frente a 14.6 de 2001. Citando otros informes semejantes, los medios españoles están destacando en estos días el hecho de que “los indiferentes, los agnósticos y los ateos escalan un 42.4 por ciento”.

Un diario español cree haber identificado dos muy claras evidencias de la “paganización” de España: uno de cada tres niños que nacen allá lo hace fuera del matrimonio, el doble que hace una década, y desde hace un par de años el número de matrimonios civiles es superior al de los eclesiásticos. Una paganización a la que Ratzinger parece aludir cuando habla con cierta angustia de “una especie de eclipse de Dios” en el mundo actual.

Desde su torre de la Edad Media, Ratzinger virtió sus peroles de aceite hirviendo contra quienes apoyan la eutanasia y el aborto y la emprendió sin contemplaciones contra los viejos enemigos de la Iglesia, los científicos, “que se creen dioses”, enviados en el pasado a las hogueras uno tras otro.

El tiempo dirá si Benedicto XVI sembró algo en tierras españolas y qué cosechó allá la Iglesia en sus días más áridos. 

Héctor Rivera

Profesor- Investigador de la UAM-Iztapalapa.

http://www.milenio.com

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