Dos sangrías para los que no le gustan las sangrías

Por: José Carlos Capel

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Acabo de leer un artículo en Le Figaro (27 de julio de 2011) que os comento de forma rápida. Lo escribe Emmanuel Rubin a propósito de la cocina española. Después de criticar algunos de nuestros platos populares despedaza la sangría que tilda de bebida surrealista, digna del museo de Dalí en Figueras. No sin cierta ironía el comentarista se ríe de qué los españoles mezclemos vinos pobretones con ensaladas de frutas. ¿Tiene razón este francés que presume de paladar fino? Se reconozca o no la sangría pierde terreno frente al tinto de verano. Parece que su competidor refresca más y se prepara al instante. Y encima no está malo. De hecho, cada vez se ven menos jarras en los chiringuitos y restaurantes de playa.

Nada raro porque las sangrías hay que elaborarlas previamente y, según sea la receta, pueden convertirse en algo demasiado alcohólico o azucarado. ¿Bebida de playa y solo de merenderos? Cuidado con los prejuicios, la sangría puede resultar una pócima o algo más refinado ¿A qué llamamos sangría? A una bebida fría de vino rebajado con limonada o gaseosa en la que se han macerado previamente frutas de temporada. Tragos de baja graduación ideales para acompañar las comidas estivales. Pero las reglas no siempre se cumplen. A veces están tan cargadas de alcohol que se alejan de la idea.

Yo detesto esas en las que flotan tropezones mustios de melocotones, albaricoques, peras y plátanos. Las mismas que se presentan en jarras de cristal con serpentinas de cáscara de naranja enroscadas al asa, en cuyo interior se agazapan copas de vermú, brandy, curaçao o triple seco. Mezclas rematadas con palitos de canela y mucha azúcar. ¡Qué desastre¡ A los ingleses, que las pusieron de moda a mediados del XIX, principales responsables de adicionar alcohol al vino azucarado, conviene recordarles que la sangría no es un cóctel, que no se hace al instante y que tampoco es un ponche porque no se toma caliente.

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Las dos recetas que os aporto se desmarcan del resto Que yo sepa la de frambuesas la inventó Clodoaldo Cortés en la época gloriosa del restaurante madrileño Jockey. En su versión original es extremadamente elegante. Se dejan macerar frambuesas en un vino de borgoña durante 3 horas con algo de azúcar. Luego, antes de salir a la mesa, se vierte una botella de champagne recién descorchada. Las frutas perfuman el vino y el champagne la chispa necesaria. Con rioja y cava no es igual pero resulta fantástica. Mi receta de sangría blanca tampoco tiene nada que ver con las “zurras” o “cuervas” que se elaboran La Mancha. Consiste en macerar rodajas de lima en un vino blanco afrutado al que se añaden hojas de hierbabuena. En ambos casos es imprescindible el cava seco.

Sangría de frambuesas:

2 botellas de rioja de crianza

¼ kg de frambuesas

azúcar

1 botella de cava seco

hielo en cubitos

Dejar macerar en la nevera en un bol grande el rioja con las frambuesas durante 4 horas. Añadir cubitos de hielo y azúcar al gusto. Revolver suavemente. Antes de servir añadir el cava

Sangría blanca

2 botellas de vino blanco de Rueda afrutado

2 limas cortadas en rodajas finas

azúcar

1 botella de cava seco

un manojo de hierbabuena

hielo en cubitos

Macerar en la nevera en un bol grande el vino con las limas en rodajas durante 4 horas. Añadir cubitos de hielo y azúcar al gusto. Revolver suavemente e incorporar las hojas de hierbabuena. Esperar ½ hora, y rociar con el cava.

http://blogs.elpais.com/gastronotas-de-capel/

 

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