Como un gargajo en la lluvia

Como un gargajo en la lluvia

Me zurra estar asustado. Y lo estoy. Porque no escucho sino golpes de pecho, arengas estériles y promesas de justicia que se perderán como un gargajo en la lluvia. Porque se alienta un nacionalismo chauvinista abstracto, melifluo y cursi de la peor época de Bush.

Porque ante los discursos vacuos y repetitivos del góber Medina y del secretario Blake (entre más los oía más quería a mi perro), al presidente Felipe Calderón Hinojosa lo único que se le ocurrió gritar fue: “¡Déjenos trabajar!”, como si no hubiera tenido todo el presupuesto, todo el poder, todas las potestades, incluso las de soslayar los daños colaterales.

Como si no hubiera descartado con histriónico protagonismo críticas y propuestas, para mantener con porfía un plan que, ahí están las evidencias, no ha sido mejor al de los bárbaros. Los hijos de puta sí saben cómo hacerla en la impunidad, en el éxtasis bulímico de nuestros miedos.

Pero lo que da más terror es que a pesar de hacer negocio con la ludopatía y administrar auténticos imanes para la tragedia, los dueños del casino Royale se niegan a indemnizar a las víctimas del atentado en Monterrey. Antes de justificar la naturaleza rapaz de sus actividades, de explicar por qué las puertas de emergencia eran escenografía, decidieron comportarse como el gobierno federal, estatal y el IMSS cuando lo de la guardería ABC.

Como si no fuera suficiente con extirparle el seso a la clientela, de someterla a las tentaciones de la apuesta y de edificar sueños guajiros de riqueza y de fortuna para convertirla en zombi sin medida ni clemencia —con la anuencia de empresarios, políticos y funcionarios— estos dudosos émulos de Bugsy Seagal se permiten, 53 muertos después, el derecho de ser fundamentalmente ojetes.

Lo único que les faltó a los señores del casino fue rendirle un homenaje a las Ladies de Polanco y decir con altanería procaz, frente a los manifestantes en la Macroplaza de Monterrey (los que exigen, además de justicia y paz, la renuncia de Medina, Larrazabal y el propio Calderón, por medio tapar pozos luego de tanto niño ahogado), “Y háganle como quieran, pinches asalariados de mierda”.

No lo hicieron pero seguro lo pensaron, porque frente al hedor de la muerte, a las sospechas nunca investigadas de lavado de dinero, saben que están protegidos por los guaruras de la impunidad. Digo, si podían laborar, como de costumbre, con maquinitas adulteradas, lo más seguro es que al final seamos obligados a ofrecerles disculpas.

Así es esto. O el sicariato o la inepcia.

“Toda una experiencia la de vivir teniendo miedo. La verdadera esclavitud”, dice el replicante Roy Batty, en Blade Runner.

Jairo Calixto Albarrán/mileniodiario

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