Bon Iver, el supermán de la calma

Yo pensaba que no, pero el verano también puede ser el momento de escuchar a Bon Iver. El sol de las canciones de su nuevo disco se está poniendo, flota un cálido aire húmedo y las melodías te acarician como la arena fresca. No hay prisa, el tiempo se detiene y la mente vuela. Como estar de vacaciones, vaya. Despertarte sin saber qué día es. Pocas sensaciones como esa. ¿Cuánto tiempo podría uno aguantar así? Hasta despertarte sin saber quién eres, que supongo que es lo que acabaría ocurriendo.

Dicen que Bon Iver (o lo que es lo mismo, el canadiense Justin Vernon) hace folk, o incluso indie-folk, pero escuchad bien, porque en realidad es soul, casi baladas R&B recubiertas de guitarras acústicas, voces susurrantes, aterciopeladas slide-guitars y camas mullidas de cuerdas y vientos. Una mezcla entre Antony, Tim Buckley, Jason Molina y Erykah Badu.

Hay que estar preparado para su sofisticación, porque lo que a alguno le parecerá un disco-bostezo contiene sin embargo mil y una maniobras milimétricas para capturar al que le escucha. Es necesario dejarse hipnotizar por sus canciones-bucle, repetitivas y delicadamente obsesivas, para luego paladear las pinceladas de color, siempre mate, de Vernon.

Primero un punteo de guitarra, el mismo punteo de guitarra, una y otra vez, y luego su voz deslizándose aquí, la batería rebotando con eco allá, una trompeta que se eleva… Con un gusto desarmante, te acaba matando.

Dicen que hace folk, pero Bon Iver compone como si hiciera electrónica: una capa, otra capa y luego a jugar por encima. No hay un solo segundo de este disco que no esté pensado: las canciones no te enseñan quiénes son hasta que acaban.

A veces se le ve, eso sí, el plumero progresivo, con arreglos de brocha gorda ochenteros (el inicio de ‘Beth/rest’) que echán para atrás: baterías machaconas, sintetizadores límpidos y solos de guitarra de estudio. Pero como ocurre en todo lo que es esencialmente bueno: hasta lo que roza lo cutre acaba, simplemente, rozándolo.

La viril ‘Perth’ es solo un entremés antes de la magistral ‘Minnesota, WI’, una joya con un inicio de guitarras espeluznante y una estructura cambiante que te va llevando de un callejón sórdido a un luminoso clímax de coros y vientos emotivos. Sin épica, todo a media voz, pero el vuelo es de altura.

Otro momento importante es ‘Holocene’, un mar de olas deshaciéndose en la orilla como un lamento sin fin, con una interpretación vocal alucinante y unas bellísimas armonías vocales: suave pero no inofensivo, con la suficiente carga de dramatismo como para hacerlo real.

Otra cumbre del disco es ‘Towers’, canción que se inicia con una guitarra eléctrica y una voz aguda adornadas con alguna distorsión y leves percusiones, que de repente pasa a convertirse en un efusivo medio tiempo country-folk amasado por violines y trompetas. En ‘Hinnon, TX’ aparece otro Bon Iver, sin guitarras, sólo con sintetizadores y arreglos electrónicos, sin perder la clase y con arrebatadores estribillos soul.

No conviene despistarse al final, porque la antepenúltima canción es ‘Calgary’, una balada-crescendo que se encuentra entre lo más accesible del álbum, con un puente intermedio áspero y ruidoso que recuerda a Brian Eno y Talking Heads.

Bon Iver, mucho más que un cantautor folk: distinto y emocionante. Un pequeño gigante canadiense.

Fuente: http://blogs.publico.es/eldetonador/

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