Björk vuelve para definir la década

Por: Daniel Verdú

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Lo hemos dicho alguna vez, pero cambia la década y el mundo, por un extraño motivo, se pone en guerra. Y cuando eso ha sucedido (de forma clara en los noventa y en 2000), lo positivo de todo el asunto es que las balas silban siempre las melodías de alguna de las bandas que ese mismo año redefinen el sonido de los siguientes diez.

En 1991, la invasión de Irak, la primera Guerra de aquel golfo de George Bush padre, se produjo al ritmo de varios monumentos de la discografía popular. Ese año apareció ‘Blue lines’ de Massive Attack, propiciando la apertura de la electrónica a otros senderos más cuidados y relajados y que en algo debió influir en que en las mismas fechas se formara, también en Bristol, Portishead. Al mismo tiempo, a Bobby Gillespie le dio por fusionar el rock y la música de baile en el particular homenaje al ‘acid house’ que lanzó con ‘Screamadelica’ de Primal Scream. ¿Qué más? Pues el ‘Loveless’ de My Bloody Valentine. Aunque ‘Nevermind’ de Nirvana fue, sin duda, el disco que lo cambió todo definitivamente. El álbum que convirtió el rock en algo digerible para la estética de la clase media y que, en el fondo, puso la semilla para los grandes negocios de festivales musicales que han proliferado en las primaveras españolas.

Diez años después, con las cenizas de las torres gemelas todavía humeantes y el mundo blanco embarcado en la gran cruzada de la libertad duradera, llegó el ‘Is this it’ de los Strokes. Porque aunque Kubrick hubiera imaginado que 2001 sería un año de ordenadores con malvadas ideas propias y naves espaciales, el disco de los neoyorquinos fulminó los escarceos electrónicos de la música popular y el rock. Ese fue el otro cambio de década terminado en uno. Y esa cruzada que también iniciaba el rock y la vuelta a las guitarras con los Strokes estuvo escoltada por el ‘White Blood Cells’ de The White Stripes, el trabajo que les puso en la cola de despegue que llegaría con Elephant. En los siguientes años, decenas de bandas se dedicaron a imitar a esos dos grupos.

En 2011 volvemos al segundo de la década, ese que acaba en uno. Irrumpió el dubstep como fenómeno de masa, nos visitó la hipnagogia, resucitó lo gótico. Pero las guerras tienen hoy forma de cifras y primas de riesgo. Y las muertes se cuentan por millones de parados y de hipotecas que nadie va a poder pagar. Pero, atendiendo a la nada científica teoría expuesta, ¿cuales serían los álbumes que redefinirán la música esta vez? Porque parece indudable que existe una relación entre el conflicto del mundo y la crisis interior del artista.

Pues habrá opiniones para todo. Pero voluntad de cambio no le falta (quizá sea ese el principal obstáculo) al ‘Biophilia’ de Björk, que saldrá el próximo septiembre y con el que ya  ha empezado a girar en Manchester. Dice ella (ya luce 45 años) que está basado en la investigación de “las estructuras en la música y las estructuras en la naturaleza, así como todos sus puntos en común”. Por cierto, las primeras sacudidas de este nuevo gran conflicto histórico se produjeron en Islandia, donde nació y pasa parte del año Björk.

Pero la novedad es que el invento está estructurado a través de una aplicación madre para iPad o iPhone. Se puede toquetear y jugar con él. Hay que ir completándolo con otras aplicaciones que irán saliendo con los nombres de las canciones que, claro, hay que ir pagando (aunque ella acaba de decir que está deseando que le pirateen el juguete).

De momento se puede descargar la del single Crystalline, con el que permite entrar en la estructura de la música a través de una especie de videojuego en el que hay que ir inclinando el iPad para formar unos pedruscos de cristal que no está todavía muy claro para que sirven, pero que permiten modificar el patrón de la canción original. Un furor táctil que, en parte, ha venido propiciado, por el subidón que le produjo a la islandesa el Reactable del que no se despegaba. Ahora, todo el asunto, cuenta ella, tiene un punto educativo.  Y al final, añade fondo a la unión de las aplicaciones con las canciones y los discos que ya han ido desarrollando artistas como Damon Albarn o Plastikman.

En este pequeño avance algunos ven ya la materialización de los postulados de Brian Eno, que creía que la música estaba estancada y que solo volvería a avanzar cuando se fusionase con ciencia y la tecnología. “Biophilia, de una forma bastante ambiciosa, sin ser algo marginalmente experimental, es un intento de acercar el pop a aquellas ideas de Eno. El concepto gira entorno a una ciencia primigenia. Por eso, por ejemplo, David Attenbourugh hace la presentación con una voz en off cuando entras en la aplicación. En un momento en el que estamos ya parados en la música, en una cultura retromaníaca, un proyecto que mire al futuro como el de Björk es bastante refrescante”, opina Isaac Marcet, director de Playground.

Para el desarrollo de esta profecía queda todavía casi medio año y las revistas musicales ya han sacado sus listas de lo mejor de estos primeros seis meses. Su consulta será mucho más útil para hacer la quiniela de lo que se recordará en unos años.

http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido

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