Asesinos sin nombre: otra vez

Tristísimo está siendo el tiempo para los mexicanos. Apena y avergüenza que cincuenta y dos personas hayan muerto, ayer, asesinadas por aún no sé sabe quiénes. Se siente que por bárbaros, por seres cuya maldad nos asusta, nos derrumba. La versión menos confusa es que un grupo armado entró al lugar, lo roció con gasolina y lo hizo arder. Quienes ahí estaban, en la inocencia tonta de las maquinitas y el bingo, a las cinco de la tarde, trataron de huir. Sólo diez han salido con vida. Cincuenta y dos, son los muertos, hasta ahora en que escribo esta pesadumbre, este horror, este abismo. Más mujeres que hombres, muchas de ellas, se dice con solemne corrección, de la tercera edad. Estaban ahí a las cinco, porque parecía una hora segura.

Largas las horas de la noche en que hemos visto la misma escena, un lugar hundido entre humaredas, y las mismas palabras. Adjetivos. No hay muchos modos de nombrar el espanto cuando no hay cómo descifrarlo. Por la casa se oye el zumbido de la pena de otros, de la nuestra acompañándolos mientras la vida sigue y buscamos, en la oscuridad, la fruta de la cena, la ropa de dormir, los ojos de los nuestros. Nos tiene más tomados el pasmo que la ira. Y no se nos ocurre qué podemos hacer. Inermes, sin embargo, seguimos empeñados en la certeza de que somos más, de que algo hemos de conseguir, de que habrá remedio y luz al final de este largo túnel.

Tristísimo está siendo el tiempo para los mexicanos. Apena y avergüenza que cincuenta y dos personas hayan muerto, ayer, asesinadas por aún no sé sabe quiénes. Se siente que por bárbaros, por seres cuya maldad nos asusta, nos derrumba. La versión menos confusa es que un grupo armado entró al lugar, lo roció con gasolina y lo hizo arder. Quienes ahí estaban, en la inocencia tonta de las maquinitas y el bingo, a las cinco de la tarde, trataron de huir. Sólo diez han salido con vida. Cincuenta y dos, son los muertos, hasta ahora en que escribo esta pesadumbre, este horror, este abismo. Más mujeres que hombres, muchas de ellas, se dice con solemne corrección, de la tercera edad. Estaban ahí a las cinco, porque parecía una hora segura.

Largas las horas de la noche en que hemos visto la misma escena, un lugar hundido entre humaredas, y las mismas palabras. Adjetivos. No hay muchos modos de nombrar el espanto cuando no hay cómo descifrarlo. Por la casa se oye el zumbido de la pena de otros, de la nuestra acompañándolos mientras la vida sigue y buscamos, en la oscuridad, la fruta de la cena, la ropa de dormir, los ojos de los nuestros. Nos tiene más tomados el pasmo que la ira. Y no se nos ocurre qué podemos hacer. Inermes, sin embargo, seguimos empeñados en la certeza de que somos más, de que algo hemos de conseguir, de que habrá remedio y luz al final de este largo túnel.

Angeles Mastretta/http://lacomunidad.elpais.com/puerto-libre/posts

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