Un tipo discreto

Un tipo discreto

Incluso los ingleses, tan reservados para demostrar en público sus emociones, elogiaron su sonrisa, su apariencia afable, aquella cortesía de Seve Ballesteros que resultaba al mismo tiempo cálida y comedida, como solía ser él, un tipo que se alegraba lo justo para que nadie por verle tan feliz se sintiese desdichado al comparar la racha de oro del cántabro con el burdo latón de sus propios fracasos. No es necesario ser un consumado aficionado al golf para comprender el alcance de la figura de Ballesteros en un deporte en el que las explosiones de júbilo no suelen estar bien vistas. En los especiales dedicados ayer a Seve por las cadenas de radio y televisión se destacó mucho una faceta de su personalidad en la que está el origen de una retirada que le envolvió en un halo de misterio y de cierto anonimato: su discreción. Nunca se supieron muchas cosas de su vida y desde que decidió abandonar progresivamente la práctica del golf probablemente mucha gente ni siquiera sabía dónde tenía su residencia. Fue discreto en el éxito y reservado en el fracaso, como si supiese que la gloria sólo es la tregua frágil que uno se toma antes de la siguiente e inevitable recaída. Sabía Seve que cualquiera de los numerosos trofeos que ganó donde quiera que pisó el «green» y pegó sus golpes, a la larga no serían otra cosa que la razón por la que alguien tuviese que blasfemar mientras se esmerase en la limpieza de tanto dichoso metal.  Supongo que en España no le supimos valorar en la medida en la que habría sido justo, pero con eso ya contaba él porque era un tipo tímido que estoy seguro que hasta sufría por relegar a sus rivales al dar con exquisito y elegante pudor, casi con vergüenza, el golpe definitivo en el hoyo dieciocho. Yo he sentido siempre por Seve una admiración especial que no tiene que ver con sus habilidades profesionales en el golf, sino con su carácter reservado y aquella timidez pulcra, relajada y norteña que le llevó a aceptar la gloria como si supiese que el laurel de tanto éxito podría malograr la discreción casi cisterciense de su vida. Yo sé que a Seve le dolían los palos y no le gustaban tampoco los elogios. A mí me caía bien porque siempre fue la clase de hombre tranquilo dispuesto a pedir perdón por hacer las cosas bien. El inolvidable Severiano Ballesteros fue tan reservado en su retiro, que cuesta creer que la muerte haya acertado con su paradero en un lugar del que sólo sabían algunas cosas la nostalgia, el mar y el olvido.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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