Fogonazos

Fogonazos
Francis Bacon

Esta mañana me despertaré en un hotel madrileño, me asomaré a la ventana y, como otras veces, me preguntaré que ideas me vendrían a la mente si saltase al vacío y ya en el aire me arrepintiese de la trágica decisión del suicidio. Es difícil saber qué clase de sentimiento tendría, y desde luego, es obvio que jamás acertaría  a contarlo. Hay cosas que ocurren con premura y no dejan margen para la reflexión. Imaginé muchas veces la escena del suicidio y la verdad es que no hubo una sola ocasión en la que no se me ocurriese pensar que en el caso de saltar al vacío desde un piso catorce, no habría que descartar la posibilidad de que antes de estrellarme contra el suelo me sobrase tiempo para aburrirme en el aire. Ahora mismo no ronda mi cabeza la idea de matarme y lo cierto es que aunque volviese a angustiarme esa tentación, creo que adoptaría mi perfil más reflexivo y pensaría que esa combinación de urgencia, desesperación y falta de tiempo suele ser la sustancia del suicidio, pero es al mismo tiempo la esencia misma del periodismo. Algunos compañeros en el oficio de escribir consiguieron desarrollar una carrera estable, llena de brillantez y de satisfacciones, sin necesidad de arriesgar su equilibro emocional, ni de cambiar bruscamente de familia. En mi caso no puedo quejarme de cómo me fueron al final las cosas, pero a veces me detengo en medio del fragor la noche, o me asomo a la ventana de un hotel madrileño, desvelado por las tormentas del pasado, y pienso que mi vida no ha sido otra cosa que una sucesión de fogonazos que no siempre me permitieron acertar a poner los pies en la parte más segura del suelo. Con el tiempo aprendí a controlar el ritmo de mis fracasos y puede decirse que ahora me hundo de una manera más organizada, como si fuese a suicidarme por la agenda pulcra y minuciosa de un contable. No soy el tipo feliz que se apunta a baile de salón y hace planes para cuando incluso con la vejez haya perdido la memoria, pero al menos me he vuelto lo bastante sensato para no saltar al vacío sin haberme asegurado antes de que la calle está despejada y no hay riesgo de que mi cuerpo aplaste a un peatón. También me he vuelto mas respetuoso con el trabajo de los demás, de modo que procuraría morirme con cierta reserva, aunque sólo fuese para asegurarme la iniciativa residual de echar una mano en mi propia autopsia. El caso es que esta mañana habré despertado en un hotel madrileño, me habré asomado a la ventana y sin duda me habré preguntado cuáles son las razones por las que un tipo como yo lleva en los ojos la mirada de su cadáver si aún conserva en sus manos la abecedaria y hormonal letra de la escuela…

Jose Luis Alvite/larazon.es

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