Doña Ana y la ortodoxia

Este texto tiene ya dedicatoria. Si se me permite, la extiendo a miWanda Landowska, a quien es posible ver y escuchar en este filme casero de 1927. Anexo, más abajo, dos fotos increíbles de ella misma.

(Ay, Wanda: ser tu amante me habría facilitado las cosas. Para estas fechas ambos estaríamos bien muertos).

El cine no me cambió la vida.

Nos conocimos después de la infancia, algo inimaginable para las varias generaciones que me preceden. Tengo espacios blancos en la memoria, pero se mantienen intactos el cómo y el dónde nos tomamos de la mano por primera vez, en lo oscurito, y nos hicimos los primeros gestos amables, y nos acariciamos –el cine y yo–, y entendimos que seríamos amantes especiales, de esos que se dan muy de vez en cuando.
Sufro el cine. (Aquí marco una primera diferencia con casi la mayoría del auditorio, al que admiro como a una “mayoría feliz”). Cada descalabro de mi vida está acompañado de enormes ayunos de películas. Y luego regreso a sus brazos furioso, eufórico, como el deseo que se guardan dos amantes a los que imagino en su luna de miel tomando cada quien, por error, un vuelo equivocado hacia destinos distantes. Será que asistir a las salas siempre fue, en un principio, una transgresión excitante y dolorosa. Era abandonar la escuela, o desobedecer la instrucción de mi madre. No era feliz, en el cine; no lo soy del todo ahora. Si no, ¿por qué he llorado más en las salas que por cualquier mujer, por más difícil que fuera la ruptura?
landowska02.jpgSaludo cuando me someto a la disciplina de pararme en la cola. Compro palomitas, un hot dog, un gusano de chile y como, durante la película como, y en parte me gusta hacerlo porque sé que por allí estará, en un rincón, ese individuo ortodoxo que no mueve los párpados ni con los balazos. Desoigo las quejas. Suena la bolsa de las palomitas un chasquido y me río porque muchos creen, mientras me piden silencio, que el cine está hecho para estar inmóviles. Río entonces y me pregunto: ¿qué diría doña Ana si viera estas salas llenas de estatuas, que por respeto al derecho ajeno dejaron de comentarse las películas a susurros porque alguien más se molesta y está en su derecho y es políticamente correcto no hacer un solo ruido?
Doña Ana Páez (1894-1993) tocaba el piano en el cine mudo, en los años de oro de Parral, Chihuahua. Atestiguó cuando Nacho Páez resistió a los villistas con un rifle viejo (y huyó a la rendición escondido en una cueva a la que su familia le llevaba comida), y llegó el cine sonoro y luego el de colores y ella se casó con un saxofonista rechazado porque era eso: saxofonista, músico fuera de los cánones clásicos. En esos años, el sax no era parte de una sinfónica que se preciara de ortodoxa, y no era bien visto que una niña virtuosa, aunque tuviera 40, se casara con un fuereño de instrumento extravagante. Mucho menos porque en la foto del orgullo familiar (que sobrevivió a una Revolución) estaba ella, la hermosa Anita, de 15 años, tocando zarzuela para un general, Porfirio, ya avejentado en 1909.
landowska03.jpgLa ortodoxia. Un individuo gruñe porque mastico palomitas. Doña Ana es enterrada lejos de la cripta familiar porque a sus 40 años se enamoró de un saxofonista. La ortodoxia. Un adolescente de 12, 14 años (yo) que recién conoce el cine y ya se sabe la historia de una mujer de lentes de fondo de botella que en las mañanas cantaba y tocaba sonatas o el Tancredo de Rossini, y en las tardes usaba pautas de la Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni para simular los caballos del cine mudo (mientras, creo ahora, se burlaba por el desencanto de Jean-Baptiste Lully por los plebeyos que lo tarareaban en voz alta y tragaban durante sus conciertos, en presencia de su amado Luis XIV, a quien lo que realmente le importaba era bailar, deslizarse frente a la corte con sus trapos afeminados al ritmo del ballet y sí, con música de Lully en el fondo).
No, el cine no cambió mi vida. En todo caso me hizo sensible a ver la vida como un cortometraje, que en mi caso quiero acompañar con palomitas crujientes y lejos de esa ortodoxia que tanto daño hizo a doña Ana y que terminará por devolver las películas al chasquido y los susurros, a las salas y las recámaras escandalosas de cada casa, en cada ciudad.

Alejandro Paez Varela/www.alejandropaez.net

 

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