Camisones y pijamas

Camisones y pijamas

Una significativa diferencia entre la tipología atribuida a hombre y mujer es la que aparece, como si tal cosa, cuando de noche se desvisten para meterse en la cama. Mientras el hombre se afea mansurronamente en el horroroso traje del pijama, la mujer se da crema, se peina y engalana. El hombre tiende ha borrarse austeramente tras las rayas presidiarias de su indumentaria (inspirada en los estampados de oriente) y la mujer se embellece como si se encaminara a una fiesta donde el escote, los lazos y las puntillas fueran lo indispensables para la ocasión.

Efectivamente, el proceso conyugal y el mismo transcurrir de la historia de los sexos han emborronado estas diferencias pero ni con la mediación unisex del esquijama la mujer ha renunciado a los múltiples y variados modelos de camisón, en seda, en algodón, en piel de ángel, mientras el hombre,  a despecho de las modas sucesivas, no ha adquirido ventaja alguna en su apariencia al ir a dormir.

La igualdad de los sexos ha topado aquí con la práctica de las reales iniciativas sexuales  y hasta con las aborrecidas consideraciones del sujeto y el objeto de la relación carnal. Siendo la doctrina igualitaria de la intensidad que fuera, la mujer se emperifollaba, se perfumaba, se exhibía seductoramente a la manera de los objetos cuando, simultáneamente, el tipo masculino adoptaba aún el uniforme listado de un mayordomo  o, acaso, metafóricamente, de un preso. Preso de los irresistibles (condenatorios) encantos de la mujer con quien sólo se sumergía en el mismo hecho a través de una humillante asimetría amorosa. Él marcado como un sirviente y ella engalanada como una reina; él recurriendo a un sencillo atavío de faena y ella buscando una imagen sexual que la exaltara.

Las camisas, incluso hasta los pies,  que eligieron no pocas chicas progresistas en los años sesenta acaso superaron, en no pocos casos, el casto camisón de las abuelas en siglos de esclavitud femenina. Pero en los setenta, la elección de las jóvenes y luego esposas maduras fue y sigue siendo una elección entre deportiva y desdeñosa si se recuerdan textos del MLF (Mouvement de libération des femmes.1970) que las inducían a obviar toda convención para sentirse tan liberadas como cómodas. Entretanto, el pijama, estructuralmente incómodo, permaneció como un indiscutido dictado colectivo. No hay movimiento de liberación en el hombre mientras sí en las opciones de la mujer. Camisones o vestas, pijamas o sólo chaquetas de pijama forman parte del ameno  repertorio femenino para irse a dormir mientras el hombre permanece encarcelado, sombrío o ridiculizado en su inveterado atuendo, sin que legiones de modistos hayan sabido abrirle las puertas al recreo del narcisismo nocturno a pie de lecho.

Vicente Verdú/http://www.elboomeran.com

 

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