La terraza

La terraza

Como la memoria está hecha de un material dúctil y maleable, recuerdo a veces mi infancia como un tiempo de largos y cálidos veranos en los que el sol evaporaba la tinta de las cartas en el momento de escribirlas, de modo que al poner la firma ya se había quedado en blanco el papel y era como si nada hubiese ocurrido, dejando cauterizado el silencio. En la casa cambadesa de tía Pepita había un patio con unas escaleras por las que se subía a una terraza muy soleada, casi incandescente, piso de lava azul, en la que quise ser pintor a cualquier precio, uno de aquellos pintores impresionistas que descomponían el paisaje en una especie de amebas de luz, en un goteo de colores radiantes por los que corrían descalzos los ganglios de la vida, el esperma verde y amarillo de la realidad. No recuerdo que hubiese viento en aquellos días de sol y pintura, encaramado en la terraza con el torso desnudo y los ojos estreñidos por aquella luz primeriza y penetrante que dejaba reflejada sobre la mar en calma una nata como de mica, una sirope fucsia sobre el que se deslizaban como pomada los veleros a merced del ir y venir de la marea, con los aparejos ahorcados como sudarios de talco en el palo. Todo era entonces nuevo para mí y ni siquiera me parecía que antes hubiesen estado alguna vez juntos el fuego y el humo, el dolor y la herida, el pecado y la culpa. Tía Pepita dormía la siesta en una habitación con la ventana abierta a la terraza. Mientras pintaba podía escuchar el fuelle de su respiración mezclado con el peloteo del tiempo en el reloj de pared y con el lejano bandoneón del motor de un barco. A medida que apretaba el sol,  el calor volvía paja el sudor de mi espalda y en el lienzo medraba mi obra con la oleosa modorra del alquitrán, con la lentitud del pus, apelmazada y sebácea como el semen perplejo de un fraile. Hasta que una de aquellas tardes se levantó algo de brisa y no tardó en aparecer el viento cacheando como un trabalenguas lascivo la ropa de los tendales. Tía Pepita se había levantado de su siesta y en el lienzo inacabado habían redondeado mi inspiración las cagadas de las gaviotas. No ha vuelto a calmarse el aire desde entonces, ¡Dios Santo!, y en mi biografía azota en jerga desde aquel verano ese viento destetado y cabrón que devuelve la culpa a la conciencia, el humo a las chimeneas y la mierda a los retretes.

José Luis Alvite/larazon.es

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