Trigal con buzo

Trigal con buzo

Es evidente que no se puede vivir sólo por la noche y lamentarse luego uno de haber perdido las sensaciones que sólo se pueden percibir durante el día. Una cosa suele ser el precio que se paga por el disfrute de la otra. Mis obligaciones diurnas y mi pasión por la nocturnidad me pusieron durante muchos años en el disparadero de renunciar muchas veces a dormir. Como las normas que rigen de día no son las mismas que las que dirimen las dudas por la noche, uno se ve en el deber de funcionar de dos maneras distintas y aceptar que su vida se resienta de las inevitables distorsiones. Para la mayoría de la gente el día representa el tiempo de los deberes. En ese caso, la noche simboliza la permisividad, los placeres, cierto caos y la posibilidad de aparcar montando el coche en la acera. Para el noctámbulo que trabaja durante el día, esas horas de caos y de placer acaban siempre en un momento de remordimiento y de duda, justo cuando ha de enfrentarse a los desafíos de la mañana sin haberse desprendido aún de las emociones de la noche, como un buzo que al cabo de ocho horas de inmersión en el fondo del mar emergiese al lado de un tractor en un campo de trigo. Sé por experiencia que por tratarse de algo que ocurre sin necesidad de fijarse mucho, la vida nocturna requiere menos agudeza visual que el día. También lo sabía aquel amigo mío que una noche me dijo en el «Corzo»: «Recién acabada la carrera en la universidad me metí hasta el fondo en la noche. Quería divertirme dos o tres años antes de convertirme en un irreversible hombre de provecho. Viví de madrugada y dormí de día durante tres años. Al final del tercer año de nocturnidad, una mañana al salir de un club hice algo que ya casi era nuevo para mí: compré un periódico. ¿Y sabes?, entonces me di cuenta de que aquéllos habían sido en cierto modo tres años productivos que me sirvieron para saber cómo es la gente a las horas en las que incluso descansa la grúa municipal, y que había visto la cara borrosa de la Ley y el interior fluorescente de la gente, pero al comprar aquel periódico me di cuenta de que tenía astigmatismo y no podía saber cuándo me había ocurrido eso. Nunca pude entender que me volviese astigmático sin darme cuenta. Pensé que habría sentido algo parecido si de mi muerte me hubiese enterado por el luto de los míos». No dije nada. Ambos sabíamos por experiencia que la noche se rige por el mismo horario que la soledad, las fugas y la recogida de la basura. La noche da mucho que pensar y poco que leer. Ésa será seguramente la razón por la que se hace raro encontrar un barrendero con gafas.

José Luis Alvite/larazon.es

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