Que mala conversación

Que mala conversación
Guillermo Fadanelli

¿Una casa sin techo? Es probable que cuando llueva, esta casa no sea un buen refugio. Se podría intentar dormir dentro de ella e imaginar que en verdad existe un techo, pero la lluvia terminará venciendo a la imaginación. Sería bueno que las personas comunes lograran resguardarse en esta casa del crimen y también de quienes lo combaten. Pero la lluvia será intensa y el piso se convertirá en lodo. Podríamos imaginar que ese lodo en el que vivimos es una alfombra mullida y actuar en consecuencia: invitar a otras personas a que crean que nuestro lodo es esa mullida alfombra. Y la broma puede seguir sólo a condición de que todos estemos dispuestos a reírnos. ¿Pero qué hacer si nadie se ríe? Ser excesivamente formales para que no se dude de las magníficas condiciones de nuestra casa. Nada imita tan bien al vacío como la formalidad obsesiva (El proceso, de Kafka). En esencia justamente para eso existen las leyes: para evitar la conversación.

Porque es probable que si existe conversación pueda darse un acuerdo. Y un acuerdo sería un grave síntoma de debilidad ya que tendríamos que aceptar que en nuestra casa nadie puede guarecerse de la lluvia (excepto los mexicanos que hemos dado pruebas de resignación y estoicismo). Evitar la conversación es la mejor manera de repeler la crítica hacia nuestra casa. Y si los cretinos no aceptan lo confortable que es nuestra alfombra nos empujarán entonces a poner un brusco remedio a la situación. Los acusaremos de ceguera y seremos hostiles hasta la redundancia.

Las personas pueden dar por terminada una conversación y odiarse hasta que su enemistad los vuelva desgraciados: sin esos dramas la vida duerme. Esa es una de las libertades más preciadas de los individuos: mantenerse aparte de los seres que detestan. Pero los países no pueden hacer eso porque sus leyes —en el caso de las democracias occidentales— son consecuencia de una conversación: una breve pausa mientras la charla continúa y vienen leyes más convenientes. Y si dos gobiernos deciden terminar esa conversación no queda más que concluir o que son tiranos o que son ineptos. No se pueden seguir las normas al pie de la letra —quien diga poder hacerlo miente— pues toda lectura que se haga de ellas es interpretación o puesta al día del espíritu que las inspiró (de Giambattista Vico a H.G. Gadamer se ha insistido en que pensar es conversar). La enfermedad social se presenta cuando en vez de estadistas capaces de comprender el sentido de un espíritu de conversación que aspire a la justicia, sufrimos a gobiernos inspirados en la mercadotecnia donde el valor de las palabras es circunstancial. Gracias a ello la televisión usa su poder para hacer de los procesos judiciales tiras cómicas que vender y que terminan valiendo como verdad.

El que se refugia en una concepción cerrada de las normas jurídicas detiene esa conversación que lleva a la justicia. Se agazapa en una trinchera donde su única obsesión es disparar. Si me dicen que la ley no debe contemplar excepciones la broma se hace más aún grande. Las excepciones son necesarias en la conversación que busca la justicia (por eso existen tratados internacionales, diplomacia, deseo de acordar). De eso se trata todo el asunto: de las excepciones que deben ser tratadas como tales porque de lo contrario la ley se impone como un fin o última meta y no como pausa de una conversación que va más allá de formalismos primitivos. Una escaramuza deprimente: por una parte un gobierno que habita en una casa sin techo y que nos presenta el lodo como la alfombra mullida (en México el sistema de justicia está desacreditado). Y por otra, un presidente francés que es producto de una democracia sostenida en la mercadotecnia de los símbolos y que desea elevar su celebridad a costa incluso de la conversación. ¿A dónde nos llevan estas personas? No sé, yo tengo mi propia vida.

Guillermo Fadanelli/eluniversal.com.mx

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