La lista secreta

La lista secreta

A José Eugenio Arias, el hostelero insumiso de Marbella, le han cerrado el local e impuesto una sanción de 145.000 euros por permitir fumar en su «Asador Guadalmina». La trituradora autoritaria y estalinista empieza a funcionar. En Madrid, al contrario, ha aumentado la lista secreta. Me refiero a la lista de locales de hostelería, restaurantes y discotecas, en los que se puede fumar con toda tranquilidad. Leire Pajín se va a ver obligada a contratar a muchos soplones para detener el curso de la libertad. Que de eso se trata. De ser libre sin herir la libertad de los demás. De poder fumar sin molestar a los que no lo hacen. De consumir un producto legal por el que se pagan al año miles de millones de euros de impuestos, y cuyos puntos de venta se han multiplicado por diez por el Gobierno socialista.

Siento un deje de tristeza cuando pienso que poco a poco iré abandonando mi asiduidad a mis restaurantes preferidos. Ninguno de ellos figura en la creciente lista secreta de los locales sin miedo. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, disfruté con unos amigos una tertulia ahumada en un establecimiento del barrio de Salamanca. En Chamberí también se encuentran oasis de fumadores, y en Chamartín existe un local que no sólo deja fumar a sus clientes, sino que regala cigarrillos.

Vamos por el camino de la Ley Seca norteamericana, que coincidió con la época en que más y mejor se bebió en los Estados Unidos. Hoy, mientras escribo, he recibido la nueva edición de la lista. Catorce nuevas incorporaciones a la libertad de fumar de sus clientes.
Las leyes hay que cumplirlas siempre que no conculquen la libertad y ataquen la normalidad de la costumbre. La visión de los fumadores en las puertas de los restaurantes es pavorosa.

Parecen marginales expuestos en la calle, presumibles delincuentes que no consiguen dominar sus adicciones. Fumar en la calle no es fumar. No se disfruta. El placer está en la charla con los amigos, en el café, en la copa y en el cigarrillo o puro compartidos después de la comida, durante la copa vespertina o en las horas alargadas de la cena. De ahí, que por respeto a esa costumbre arraigada en tantos millones de españoles, sea digna de gratitud la valentía de los hosteleros que no se someten a los caprichos dictatoriales del buenismo imperante interpretado por unas solemnes momorras. Para que nadie traduzca como un insulto el calificativo de momorras, bueno es adelantarles que se trata de un cangrejillo –el momorro–, que sirve de cebo para la pesca y que así es conocido y llamado en Guipúzcoa. Del momorro se dice que es más tonto que el berberecho, y que su inteligencia sólo está en el mismo nivel de bajura que la estrella de mar. Intenten convivir con una estrella de mar y me darán la razón.

Se acerca al centenar el número de locales insumisos. La ley antitabaco de las momorras es agresiva. Una ley no puede jamás equipararse con una agresión. Dos siglos de costumbre no se despachan así como así. Fumar no es bueno para la salud. Lo sabemos todos los que fumamos. Lo hacemos libre y voluntariamente, y sin molestar o herir a los que no fuman. Pagamos unos impuestos ladrones por cumplir con nuestra libertad, y pedimos una reforma flexible de la ley estalinista y momorra. Madrid, siempre libre en su picaresca, empieza a reaccionar. Madrid no es socialista. Ni borrega.

Alfonso Ussia/larazon.es

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