Usted y el cuerpo

Usted y el cuerpo

La separación del cuerpo. Escribe un autor (Morris Berman) que el cuerpo es el territorio oculto de la historia. De la historia personal, puede añadirse. Es cierto que usted percibe su cuerpo: el dolor se siente en el cuerpo y el placer también. Pero su mente, donde usted pasa la mayor parte del tiempo, generalmente está fuera de su cuerpo, es decir, está proyectada hacia el exterior. Nuestra cultura judeocristiana no cree que la mente y el cuerpo sean una unidad integral. No importan ahora las razones, pero hace siglos que el cuerpo fue definido como la cárcel de la psique y desde entonces todos aprendemos a creer que la mente es una instancia superior de la persona apresada en el cuerpo. De tal modo que el cuerpo es un vehículo secundario con el que se mantienen relaciones instrumentales. Pero como su cuerpo es el territorio oculto de la historia personal, a él debe acudir usted para conocerla. Puede sonar absurdo proponerle que acuda al lugar donde usted cree estar: su propio cuerpo. La enfermedad, el placer, los impactos súbitos, las perturbaciones, los momentos extremos hacen volver la mente al cuerpo, pero usted está atento al diálogo interior que sostiene consigo mismo y se distrae del mundo que muestran los sentidos, de las percepciones somáticas, de las experiencias del cuerpo, pues todo ello usted lo convierte invariablemente en materia mental.

Volver a él, salir de él. Una tesis muy antigua y ahora modernizada habla de los cinco cuerpos que existen en el cuerpo: el cuerpo físico, el cuerpo mental, el cuerpo del alma, el cuerpo mágico y el cuerpo espiritual. Existen métodos para reunirlos, para viajar entre ellos, aunque parezca increíble. Pero por ahora trátase del cuerpo físico, donde residen los otros cuatro. La mente, el cuerpo número dos que elabora el discurso interno y domina al cuerpo físico —y que además ignora al alma y no guarda relación ni con el cuerpo mágico ni con el cuerpo espiritual—, suele ubicarse fuera del cuerpo físico porque está pensando en el pasado, está atareada en el futuro o saltando de tema en tema, de ocurrencia en ocurrencia, de idea en idea, de asociación en asociación. La mente es como un mono que no deja de moverse. Antes que iniciar la práctica que lo conduzca a la inmovilidad mental —una disciplina que sólo aprenderá a través de un método específico—, usted debe observar su cuerpo, recordar sus momentos esenciales, muchos de los cuales pueden haber sido traumáticos (accidentes o enfermedades), y disponerse a escucharlo. El lenguaje del cuerpo no es igual al de la razón, se expresa en corazonadas e intuiciones, en certezas o conocimientos que de pronto llegan a la conciencia, en sensaciones de malestar o desasosiego que se presentan sin causa aparente. Usted debe aprender a conocer la información que contiene su cuerpo. De serle necesario, remóntese a su infancia, piense en aquel cuerpo que fue. En él se concentra una historia escondida que es indispensable recordar. Si lo hace, usted se in-corporará, es decir, volverá a habitar su cuerpo, a estar plenamente en él, porque siempre que su mente lo lleve afuera de usted mismo sabrá cómo regresar a sentirse enteramente en su propia piel.

Los hábitos y la lentitud. Considere los actos mecánicos realizados por su cuerpo durante el día. Sepárese con la imaginación de usted mismo y observe sus hábitos corporales, sus gestos, sus ademanes. No tiene que comparar, juzgar o reprobar nada sino simplemente disponerse a ver. Debe ser lo más imparcial que pueda al mirarse actuar, como si lo hiciera con otro. Aunque se asegura que después de diez minutos de observar a un imbécil éste resulta fascinante, es mucho más útil para los fines del autoconocimiento prestar atención a la propia mecanicidad corporal antes que a la de los otros. ¿Quién guía a esa entidad física llamada cuerpo-cuerpo que parece obrar por su cuenta? Es evidente que su razón puede hacerlo hasta cierto punto, pero una amplia zona de su conducta es autónoma. En ella están las muletillas gestuales que usted emplea, sus estereotipos físicos habituales, sus posturas características, sus tics. Deberá pugnar por observar desapasionadamente el conjunto corporal lleno de reacciones mecánicas que hay en usted. De esa manera podrá establecer vínculos con una amplia región de su persona con la que tiene muy pocos contactos o quizá ninguno. Es cierto que si usted hace ejercicio o practica algún deporte tendrá acceso a una plenitud física que lo hará sentirse mejor en su propio cuerpo. Pero aún así, usted seguirá actuando somáticamente bajo un patrón establecido y sus emociones continuarán expresándose físicamente. La lentitud puede servirle para observarse mejor a usted mismo. Otórguese momentos del día en los que haga movimientos comunes y corrientes con suavidad y tardanza, mediante un ritmo lento a propósito. Podrá descubrir las pautas mecánicas en muchos de ellos y notará que los movimientos de su cuerpo también contienen información. La calma le permitirá lograr una mayor concentración y hará que los movimientos automáticos poco a poco se vuelvan conscientes. Así descubrirá usted el autodominio que significa la lentitud.

La unidad básica. Usted tendrá que considerar las imágenes mentales a las que es proclive, porque la sombra, la parte oscura de la conciencia, actúa tanto en el cuerpo como en la mente, dos expresiones de una sola unidad esencial, el cuerpo-mente, que no responde del todo al dominio de la razón. Sin embargo, el cuerpo es el templo del alma y todo proceso personal de transformación se da en, desde, por y con el cuerpo, como ya se verá.

Fernando Solana Olivares/mileniodiario

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