Primera investigación de Epaminondas: Los cisnes salvajes

Primera investigación de Epaminondas: Los cisnes salvajes

El pueblo tenía mucho miedo. Los habitantes del pueblo no tanto. Aún así, les daba mucha pena el pueblo, cuyas entrañas crujían cada noche investidas de un llanto sobrecogedor que arropaba las entrañas de los lugareños.

Mandaron un burro a caballo para recoger al detective Epaminondas. Mató al burro. Mató al caballo. Epaminondas llegó al pueblo, motorizado, en un Tiburón rojo. El mandato era claro y conciso: «Investigue la reproducción de esas alimañas y, si es preciso, recolecte algunas cabezas y patas».

—Con mucho gusto —aceptó.

Hacía algunos meses que Epaminondas había aprendido una nueva palabra: «pesquisa». La utilizó en su investigación en varias ocasiones.

Las bestias, por su lado, aparecieron de noche, ataviadas de pies y plumas, tocadas con sombreros de pana. El resultado fue monstruoso. Algunos ejemplares leían viejos ejemplares y otros ejemplares, con fuerza irresistible, atacaban las huertas. Hubo canibalismo, sí. La sangre llegó a salpicar a Epaminondas cuando se acercó demasiado a los dientes serrados. Recolectó algunas cabezas y patas.

Concluida la misión, redactó un informe completo. Lo leyó sobre la barra del bar, rodeado por todos los cisnes del pueblo, incluso por otros cisnes que habían llegado de ciertos pueblos vecinos, igualmente amedrentados.

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