Perros cobardes

Perros cobardes

En tanto no exista una computadora que pueda beber más que un hombre la humanidad no debe sentirse amenazada en sus principios, así lo sostiene un escritor para el que no existe una filosofía del beber sino sólo una técnica del beber: Jerzy Pilch. El escritor polaco sabe que el borracho jamás deja de beber ni aún cuando abandona la bebida. Es en el momento más desolador de la renuncia cuando uno vislumbra que sin vino es absolutamente innecesario seguir viviendo. A un borracho verdadero puede avergonzarle beber, pero no beber le resulta todavía más vergonzoso, escribe Pilch. No existen caminos verdaderos para los hombres sobrios sino pasillos iluminados que conducen a un féretro corriente. Cuando veo a mis amigos derrumbarse después de una noche entera de beber me siento honrado; como si desde su santa lejanía me permitieran abrir una ventana para verlos partir. Y si soy yo el que se aleja espero siempre que mis amigos sean respetuosos de mi partida. De lo contrario son como perros que te atacan en manada, perros cobardes que se alimentan de tu debilidad. Jamás he sentido pena por un hombre ebrio, a veces me inspira odio o temor pero jamás lo miro de manera misericordiosa. Por el contrario, me apena que el ebrio me mire si estoy sobrio porque debe verme como un molusco baboso que avanza movido por una estúpida convicción: ¿Cómo escapar a la mirada del borracho?

Hace unos meses en Madrid después de la presentación de mis libros bebí tal cantidad de vino ruso que no me importó, una vez concluida la fiesta, dormir a la intemperie. Para cubrirme del viento helado de madrugada que corría por las calles de Malasaña tomé unos cartones que estaban apilados junto a un bote de basura. En sueños contemplaba la hermosa imagen de una mujer que me acariciaba los brazos. Siempre aparece una mujer en el liviano sueño de mi ebriedad, una mujer que abre su cuerpo para protegerme (el deseo de un sueño profundo es un deseo imposible en todo borracho). A veces estas mujeres son tan reales que tienen un nombre, una historia que en un punto se cruza con la mía. Cuando esto sucede no deseo que nadie más se entrometa. Podría matar a los intrusos que merodean los tobillos de esa mujer que en la ebriedad he deseado para siempre. “Cuando escuché tu voz, cuando te vi por primera vez entendí que la negra cuerda que cada vez más apretaba mi cuello se rompería”, dice Pilch, porque ningún amor parece mediocre cuando uno se ha sumido en la ebriedad.

Cuando despierto en una cama que no es la mía o en la banca de un parque puedo sentir un poco de frío, pero jamás arrepentimiento. Camino tranquilo hacia mi casa porque sé que no he ofendido a mis amigos sino sólo a los mediocres de siempre que buscan en mis palabras una piedra para abrirse el cráneo. Mis bolsillos están vacíos porque no he escatimado ni un solo peso: no se puede beber con calma mientras se cuenta dinero. He invertido mi dinero en la destrucción de mi cuerpo, suelo decir a mis amigos que sólo de verme saben que no les he mentido. No ahorraré para comprar una casa que después de mi muerte ocuparán extraños, ni tampoco seré un viejo que ha ahorrado unas monedas para vivir dignamente: moriré sin un peso en la bolsa como debe hacerlo cualquier hombre que se respete. Desde la voz de un personaje, Pilch confiesa que si no se ha bebido la suma destinada a la reparación de su lavadora se debe a que no ha destinado ninguna suma a la reparación de la lavadora: “Antes de que pudiera destinar una suma determinada a la reparación de la lavadora me la bebía junto con otras sumas aún no destinadas a nada.”

Guillermo Fadanelli

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