Los nuevos puritanos

Los nuevos puritanos
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A los ciudadanos siempre se nos restringen los derechos con la excusa de regularlos. Los políticos  son incapaces de preservar los derechos de un grupo sin conculcar los derechos de otro. Ni que decir tiene que no les cabe en la cabeza que la libertad es algo que existe si se toma y a menudo se malogra si se legisla. Suelen confundir la eficacia con las restricciones, de modo que no entienden que los ciudadanos puedan ser felices impunemente y se les castiga si sucumben a la vieja tentación de los placeres. Cuando España era un estado confesional, se nos prohibía el placer arremetiendo contra él con la Biblia; ahora se nos restringe atacándolo con los impuestos o suprimiéndolo de cuajo con las prohibiciones. No se entiende muy bien que la inteligencia humana haya desarrollado vehículos capaces de alcanzar una notable velocidad y en algunas carreteras por culpa de la prohibición de correr te adelante por la derecha el ganado. Una amiga mía que tiene un caniche me comentó hace unos días que tan pronto esté vigente la prohibición de fumar, podrá entrar a menos sitios que su perro. Hay quien sostiene que esa prohibición debería extenderse al interior de cualquier vehículo para evitar que el cigarrillo distraiga al conductor. A mi me parece una solmene tontería porque si me prohibiesen fumar en el coche, tendría un accidente por culpa de pensar que voy fumando. Si se hiciese un estudio al respecto, se vería que las numerosas señales de tráfico en algunas carreteras son responsables de muchos de los accidentes que en teoría pretenden evitar. Nada distrae tanto como leer las señales que te previenen de la necesidad de no distraerte. Es tan absurdo como si en la facultad de medicina las comadronas practicasen los partos con cadáveres. Al ciudadano hay que darle un margen para su discrecionalidad y respetar su derecho a influir en su manera de morir. Quienes tenemos cierta edad recordamos perfectamente que  en los hospitales no era raro que el cartel de «Se prohíbe terminantemente fumar» lo fijase contra la pared el celador en la vertical de un ostentoso cenicero que a algunos ciudadanos les servía de referencia para despreciar la orden y tirar las colillas al suelo. Ahora las cosas van de otra manera. Un botellonero puede cagar de madrugada en la calle impunemente y ser sancionado si en el mismo lugar lo hace por la mañana su perro. A los políticos también les tienta mucho meterse en la vida de las aves que defecan sobre nuestras ciudades. El problema es que como la mayoría de esos bichos no tienen dueño, a los nuevos puritanos les va a ser difícil obligar por ley a que las palomas se pongan pañal.

José Luis Alvite/larazon.es

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