La pierde almas

La pierde almas

Por Guillermo Fadanelli

Conforme pasan los días, las noches indecisas, y el insomnio dura siempre unos minutos más que la eternidad, me convenzo que mantenerse ebrio en estos tiempos aciagos no debe ser considerado un acto imprudente. Antes de hacer una defensa de la ebriedad explicaré brevemente qué quiero decir con eso de tiempos aciagos. Si a todos los horrores de nuestra época, hambre, barbarie, ansiedad comunicativa, criminalidad, ausencia de solidaridad, plástico, especuladores, políticos, ecologías devastadas, sumamos también la obsesiva publicidad de sus remedios tendremos todo el derecho de nombrarla aciaga. Los médicos suelen ser la peor parte de las enfermedades porque, sin quererlo, nos invitan a estar borrachos todos los días. Y es que casi ninguno de sus discursos vale lo que una copa de coñac, o lo que un buen vino de Médoc. Los empleados públicos, sirvientes civiles y otros mayordomos han tomado por asalto el estrado: meses, años, décadas enteras consumidas escuchando su rumia salvadora. Nunca como ahora me siento tentado a suscribir la máxima existencialista: “¡El infierno son los otros!” Sin embargo, esta vez me inclinaré por una sentencia menos trágica: ¡Necesito cuanto antes un trago!

La pintura que acompaña esta página es obra de Jonathan Barbieri, artista norteamericano que vive desde hace una década en Oaxaca, y forma parte de una serie de cuadros que el Barbieri tituló “La pierde almas (historia de una cantina)”. Un hombre solitario nos mira desde otro mundo; en la mesa un vaso de tequila que no será el primero ni tampoco el último. La sangre en el cuello parece decirnos que no habrá mañana para este hombre, pero a juzgar por su mirada tampoco lo habrá para nosotros. Si no hubiera sido por la idea del suicidio, hace tiempo que me habría matado, escribió Cioran, filósofo que ha contagiado a varios escritores su acendrado pesimismo. Ojalá hubiera sido un borracho, Cioran, al menos así podría haber vislumbrado durante unas horas el rostro de una sociedad más amable, al menos de esa manera habría tenido que elegir, como él mismo escribió, entre la literatura y la noche más oscura del alma. He recordado a Cioran porque la pintura de Barbieri me ha empujado a esas lóbregas regiones, pero no es así como deseaba describir la embriaguez, sino como caída en el fondo de uno mismo, caída que es sobre todo resurrección. Los santos bebedores —que no el borracho vulgar— saben mantenerse aparte, no hacen daño a los otros porque en esencia ya no se encuentran aquí, se han marchado, por unas horas o para siempre a una región que presentimos sagrada pero que al mismo tiempo carece de dioses o redentores. A la pregunta de por qué beben, los borrachos pueden responder cualquier cosa: o porque tienen miedo, o porque no han conocido a la mujer que su imaginación les había prometido, o porque desean un poco de soledad, o porque sus abuelos, sus padres, sus hermanos también bebieron, o porque dios ha atendido al pie de la letra todas sus plegarias. Justificaciones para emborracharnos tenemos en abundancia, pero una buena técnica es por lo general escasa. La única técnica que se me ocurre en este momento es la de beber hasta que no quede nada de mí, beber hasta que al verme los comerciantes digan: “A este pobre no podemos venderle nada” Jerzy Pilch, el escritor polaco con cuya frase comienza esta columna escribió, en una novela, que él jamás osaría gastarse en bebida el dinero que tenía destinado para comprar una lavadora, y no lo haría porque él jamás destinaría ningún dinero para una lavadora. Por el contrario, sus intenciones son las de beberse todo el dinero destinado a comprar lavadoras. Hoy que el espíritu de la época se asoma por el borde de una bacinica es bueno tener siempre una botella cerca, una ánfora plateada, luminosa, como el sol que brilla en el horizonte de nuestro propio destierro.

pintura de Jonathan Barbieri

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