La jaula de los 41

La jaula de los 41
Leandro Ramos
Aunque ahora ya no tiene significado para la gran mayoría de los jóvenes, varias generaciones del siglo XX mexicano crecimos con el mito y leyenda de un guarismo singular: el cuarenta y uno. Cumplir cuarenta y un años se suponía, entre broma y en serio, podía representar el riesgo de caer en la tentación de la homosexualidad o manifestarla abiertamente si ya se había caído en ella (“salir del clóset”); de ahí que nadie quisiera confesar que tenía esa edad (o que al hacerlo siempre asegurara a todos que eso no estaba teniendo ningún efecto en su masculinidad).
Así, seguida de toda esta homofóbica picardía estaba también la certeza de que rebasados los cuarenta y uno se superaba cualquier riesgo para la hombría. Decir: “Ya pasé de los 41” era sinónimo de “ya me salvé”, y quería decir igualmente que se había consolidado la condición varonil.
¡Vaya fantasía! El chiste era, sin embargo —incluso sin saberlo—, el recordatorio de uno de los grandes episodios de intolerancia y persecución contra la homosexualidad en el México porfirista. El contexto político y social no es menor: en la joven nación donde todo (oficialmente) parecía ser orden y progreso, un buen día la sociedad se despierta con la noticia de que las perversiones modernas la han alcanzado.
Es la noche del 17 de noviembre de 1901 y por la céntrica calle de la Paz, hoy Ezequiel Montes, un gendarme que hace su rondín se acerca a una casa donde se escucha, claro y fuerte, el desarrollo de un baile. Como es la época en que para celebrar un baile o una fiesta de ciertas proporciones es indispensable el permiso de la autoridad, el policía toca a la puerta con la intención de solicitarlo. Quien abre la puerta distraídamente lo deja anonadado, pues se trata de un hombre que viste como mujer.
Lo demás es historia: son capturados 41 personajes, la mitad de los cuales —según el diario La Patria— “llevan pintadas las caras de blanco y carmín, con negras ojeras, pechos y caderas postizas, zapatos bajos con medias bordadas, algunos con dormilonas brillantes y con trajes de seda cortos ajustados al cuerpo con corsé”. O sea, “muy chulos y coquetones”, como rezará la popular hoja volante impresa en el taller de Arsacio Vanegas Arrollo e ilustrada de modo inigualable por José Guadalupe Posada (el famoso grabador, interesado en el caso, dedicará más de una decena de trabajos al tema).
Con la detención sobreviene la leyenda. No eran cuarenta y uno, sino cuarenta y dos. ¿Qué fue del cuadragésimo segundo? ¿Quién era? La vox pópuli determinó desde un principio su identidad: Ignacio de la Torre, “el primer yerno de México” (como lo llama ingeniosamente Carlos Monsiváis), quien gracias a su condición consigue escapar del escarnio y humillación a los que serán sometidos los demás: barrer las calles de la ciudad, muchos de ellos vestidos como iban para la fiesta (otra imagen memorable que recreará Posada).
Pero De la Torre no es el único influyente. Al terrible destino que les aguarda a los desviados (trabajos forzados en Valle Nacional, el gulag porfirista) sólo llegan 19; el resto, de buenas familias, convencen a la justicia (muy machita, por lo visto) de que se hallaban ahí por error, víctimas de un engaño o confusión.
El caso fue tan sonado que dio lugar a la publicación, en 1906, de Los cuarenta y uno: novela crítico-social, firmada por Eduardo A. Castrejón, seudónimo bajo el que según los estudios de Robert McKee Irwin probablemente se ocultó el general Mariano Ruiz Montañés.
La curiosa obra puede ser leída hoy gracias a la edición preparada por la Dirección de Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México, precisamente con la coordinación y estudio crítico de Robert McKee Irwin y el estupendo prólogo de Carlos Monsiváis.
Se trata de un libro moralizante que en todo momento manifiesta su profundo desprecio por las preferencias “infames” de los protagonistas de la historia: Mimí, Ninón, Estrella, Pudor, Virtud, Carola, Blanca y Margarita, que podemos suponer nombres de batalla del conjunto de seres novelizados que practican esa clase de “amor que no puede decir su nombre”.
Los editores originales de la novela de Castrejón no dudaron ni por un momento del objetivo que debía tener la publicación de ésta, pues como toda gran obra (y citan las de Eugenio Sué, Zolá y hasta las de El pensador mexicano) busca mostrar “la corrección de las costumbres, de los vicios sociales, el anatema a todas las corrupciones, la exaltación de la moral y el anatema a la perversión del sentimiento humano”. Y es en esto último donde según ellos Castrejón no falla, pues “deja sentir la fuerza de su imaginación, detalla sus cuadros y flagela de una manera terrible un vicio execrable, sobre el cual escupe la misma sociedad, como el corruptor de las generaciones”.
La novela no tiene desde mi punto de vista mayor interés que el de documentar la mirada de una época sobre esa noche reveladora donde 41 personajes, “confundidos en el mismo nivel de bajeza, en esa triste degeneración, en envilecimiento increíble, se abrazaban, se inflamaban al contacto de la suave epidermis ungida de aceites perfumados, y desfloraban sus manos con chasquidos de ardientes y sonoros besos”. Tal es su estilo y escandalizada afectación.
Poderla leer más de cien años después de que fuera publicada hace posible medir el progreso de los derechos humanos con respecto a su franca inexistencia en los albores del siglo XX. La jaula de los 41, por lo menos en lo que a la historia se refiere, ha quedado definitivamente abierta.

Ariel González Jiménez/mileniodiario

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