La invasión de los ladrones de cerebros

La invasión de los ladrones de cerebros
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Salimos reptando de nuestros hogares cuando aún es de noche. Las legañas, los bostezos, cierta irrealidad cansada, el estómago vacío o encharcado en un café rápido, que provoca ese mal cuerpo mañanero.
La sensación de prisas de algunos, o de muchos. La guillotina del reloj, la hora de entrada o apertura. La composición del mundo, de la vida, es ésa, más que la rotación del planeta o de la luna.
El frío en las paradas. Grupúsculos que se amontonan ante las puertas. La gente tiritando, y eso que aún no ha llegado el invierno con sus heladas.
Los retrasos, el tráfico, las averías. Robots que suben por el lado izquierdo de las escaleras mecánicas o que permanecen quietos en el lado de la derecha. Criaturas del subsuelo. Sólo algún libro o periódico o mp3 o Ipod nos mantiene sujetos a la vida de la superficie.
Ejércitos de zombis dormidos en las partes de atrás de los coches, en los bancos de los andenes, en las sillas de los vagones o de los autobuses. Vegetando. Sobreviviendo. Inframuriendo.

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