Flores de cempasúchil

Flores de cempasúchil
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Aparecen de pronto aunque no sea noviembre, aunque no tengamos sino lo mismo para su ofrenda, aunque sepan que maldecimos su nombre por haberse marchado, aunque estén hartos de venir siempre que les lloramos, aunque ya nada nos deban.
Así es con los amores y los muertos. Los míos, como tantos, regresan.
Siempre, aún cuando no los llamo, vuelven. A veces me amonestan, otras me escuchan, las más simplemente se ponen a mirarme.
Intervienen mis sueños, aparecen dentro de mis secretos, los conocen. Se burlan de mis miedos, me asustan recordando lo que creía olvidado.
Los míos son menos drásticos que los muertos de Juan Rulfo. Y menos enigmáticos. Esto no quiere decir que puedo manejarlos a mi antojo, pero sí que además de venir cuando ellos quieren, suelen venir cuando los llamo y entender el presente y hasta explicármelo.
Supongo que algo así le pasa a todo el mundo, que aquellos que han perdido a quienes fueron tan suyos como su índole misma, los evocan a diario con tal fuerza que los hacen volver a sentarse en la orilla de su cama, a seguirlos con la vista desde una fotografía, a pasarles la mano por la cabeza cuando creen que la vida es tan corta que no merece el cansancio.
Punto: El uno y dos de noviembre, los mexicanos recordamos con altares y flores, como comida y conversación, a nuestros bien amados muertos. Hay quienes, muchos, dejan comida sobre las tumbas, las llenan de flores, de copal, de pan, de velas.
Punto y aparte: Yo había podido hacer eso muchas veces, les enseñé a mis hijos a poner altares y todos los noviembres se llenaba mi casa de cempasúchil. Este año no podré. No he querido. A mis muertos de siempre los veré en cualquier parte. A mi madre, que no logro sentir lejos, iré a buscarla al mar. No pondré flores sobre sus cenizas. Voy a ver si pongo estrellas.
Punto final: Estaré fuera hasta el tres de noviembre. Los podré leer, pero no escribiré. Un beso a todos.

Angeles Mastretta/puertolibre/elpais.es

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