Esto no es una pepita de girasol

Ai Weiwei sigue dando pruebas de ser el artista chino contemporáneo más completo, más sensible, más acertado. Porque el arte conceptual tiene la medida del acierto. Una pieza cobra dimensión si el impacto inmediato penetra a través los ojos (y/u otros sentidos) y activa una corriente que conmociona todo el cuerpo y la mente. Su instalación en la sala de turbinas de la Tate Modern de Londres va camino de convertirse en la más popular de las presentadas hasta ahora, donde aún se recuerdan emocionantes obras como las de Juan Muñoz o de Olafur Eliasson. La de Ai Weiwei parece simple, demasiado simple a primera vista. Ha cubierto el suelo con cien millones de pipas de girasol que no parecen más que eso. El asombro surge al comprobar que son de porcelana y pintadas a mano, una a una, por trabajadores chinos del pueblo de Jingdezhen, que en la antigüedad fabricó la porcelana de la corte imperial y que hoy intenta sobreponerse a la ruina.

Se puede andar sobre ellas, coger puñados y lanzarlas al aire, frotarlas entre las manos, bailar o jugar encima. Es una instalación sensorial, alegre. Pero también trae la carga de las historias de toda esa gente que ha fabricado algo tan insignificante y absurdo en apariencia, con la minuciosidad y perfección de su oficio. Lo masivo y lo artesanal fundidos. El Made in China omnipresente. La historia milenaria de esa cultura y su expresión más contemporánea.

La trayectoria de Ai Weiwei es encomiable. Creador incómodo para el gobierno de su país y a la vez su más poderoso embajador en los acontecimientos más significativos del arte contemporáneo, es un provocador que pone en cuestión temas tan delicados como la convivencia de la historia y la tradición con gestos significativos como su célebre acción de romper en pedazos un antiguo jarrón de la dinastía Han. Ruptura y liberación. Con él la actitud se hace poesía y a la vez manifiesto político. Es capaz de articular innumerables discuros y preguntas con cosas tan simples como modestas y pequeñas semillas de girasol.

Fietta Jarque/elpais.es

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