El dolor

El dolor
"Guayasamín Endeble: Dolor y Color"
“El hombre es un aprendiz, el dolor es su maestro” escribió Alfred de Mussset. Un mismo dolor no es el mismo para cualquiera pero nunca llegará saberse sin esta afirmación tan obvia es mentira o es verdad. El dolor posee una condición propia. No es mi dolor nunca puesto que se presenta y se ausenta a su antojo. No es el dolor cuantificable puesto que siendo tan autónomo no conoce la vida sin la vida del otro. Paradójicamente el poder del dolor que se muestra con tanta arrogancia nos necesita. Somos esclavos del dolor crónico pero el dolor, especialmente crónico, pervive  siendo nuestro dolor. No hay dolor en el dolor mismo. Hay dolor conmigo. O bien el dolor es un resultado de la unión del sujeto y ese objeto doloroso o tampoco es correcto considerarlo así. Efectivamente el dolor no se bve i se siente sino es con la mediación del cuerpo poero ¿quien puede evitar sentir que el dolor “le viene”. ¿ Cómo  hablar del dolor sin tenerlo por algo ajeno que, en las jaquecas, se pone en la cabeza o en los lumbagos se adhiere a la cintura? ¿O será que el dolor se halla dentro, estokado y nos dolemos cuando se remueve  y ambula caprichosamente por nuestro interior?
Siendo así, viviríamos permanentemente habitados por el dolor. No se trataría así de un mal que sobreviene o nos golpea desde fuera, a tontas y a locas, como un badajo o una rueda excéntrica sino que desde dentro se incorpora y da cuenta de su  presencia continua en su cantón.  Unas veces quieto y silencioso en su escondite pero otras surgiendo y voceando afuera a  través de nuestro aullido impregnado de él.
Su inesperada presencia en estos casos llega a ser de tanto asombro y valor que la tan querida e intensa presencia del ser. De hecho la importancia de su peso y de su aforo llega a ser decisiva cuando tras un episodio de tremendo sufrimiento el dolor cesa de golpe que podría creerse respecto al  analgésico eficiente que en su acción ha realizado hasta una extirpación del yo. Porque en el lugar donde el dolor estaba clamando y ahora ya no ase oye nada parece haberse generado una ausencia absoluta.
La pérdida de placer, por súbita que sea,  se registra como un regreso a la múltiple y común realidad de la vida pero la ausencia repentina  del gran dolor dibuja  un suerte de vacío absoluto una extraordinaria ausencia tal como si su retirada abriera una gran oquedad, anulación de  vida y de muerte. Un vacío sin habla que si nos deja anestesiados nos abandona también en una exorbitada  ausencia, desamparados en una transparencia de tal pureza que se asemeja al efecto de haber sido expurgados de todo lazo exterior o interior, desaparecidos nosotros también, como el dolor, en un océano de seres recién nacidos.

http://www.elboomeran.com/blog/11/vicente-verdu/

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