Diez millones de muertos

Diez millones de muertos

Le ataron a un tronco para cortarle las manos pero esta vez en lugar de dos golpes secos de machete utilizarían algo más doloroso: salvajes y repetitivos reveses con las culatas de los rifles. Los primeros impactos rompen los huesos y los siguientes van abriendo la fractura hasta que solo queda cortar los vasos sanguíneos, los músculos y la piel.
Una vez amputadas los soldados las introdujeron en la cesta llena de extremidades, debían llevarla al puesto de control donde el oficial les reclamaría las pruebas pertinentes del castigo a todos aquellos aldeanos que no habían conseguido reunir las cantidades de caucho exigidas.

De la noche a la mañana se había convertido una región de dos millones de kilómetros cuadrados y habitada por centenares de etnias en un inmenso campo de concentración de características demoníacas donde cada existencia valía menos que el plomo de la bala que la segaba.

Solo existía una premisa principal en ese universo enloquecido:

Conseguir la mayor cantidad posible de materias primas con el mínimo coste.

Para ello se fijaban unas cuotas de caucho, material que había alcanzado un precio altísimo debido a la demanda de la industria automovilística, que cada una de las aldeas del país debía proporcionar, ante esa ecuación solo quedaba resolver la última incógnita, conseguir que los 12 millones de habitantes de la región trabajasen quince horas al día a cambio de nada y que, además, para ahorrar en gastos, alimentaran a los miles de soldados y funcionarios que día a día los diezmaban.

El gobernador y los comisionados de cada distrito aplicarían diferentes métodos para obligar a los nativos:
Las mujeres y sus hijos pequeños eran secuestrados y recluidos en campamentos aduciendo cualquier excusa y se fijaba una pena en caucho que sus maridos debían satisfacer para poder verlos de nuevo, algo que raramente ocurriría puesto que apenas eran alimentados durante su confinamiento.

También se creó un ejército denominado la “fuerza pública” que se nutría de adolescentes de las etnias con menos poder en la zona o de niños que provenían de las colonias infantiles que la iglesia católica había fundado en la región y en las que los huérfanos se educaban en su lealtad a los invasores.

La “fuerza pública” devino la punta de lanza con la que atacar las aldeas para exigir el cumplimento del trabajo. Los adolescentes aplicaban con brutalidad cada una de las órdenes teniendo vía libre en otras para dar rienda suelta a sus deseos.

Tras cinco años el país había visto morir a un diez por ciento de la población, a pesar de ello el nivel de caucho exigido se mantenía con lo que los supervivientes debían trabajar aun más por lo que no eran capaces de mantener sus campos y pastorear sus reses para asegurarse el alimento. Se entró en una espiral en la que a medida que la gente iba muriendo la tarea para los que se mantenían en pie se volvía más y más difícil y por lo tanto generaba más castigos.

Los testimonios de la barbarie se sucedían uno tras otro:

«Varios soldados discutieron por mi madre, porque todos la querían como esposa, y al final decidieron matarla. La mataron con un arma –le dispararon en el estómago– y ella cayó al suelo; cuando vi aquello, lloré mucho, porque habían matado a mi madre y a mi abuela y yo me había quedado sola. A mi madre le faltaba poco para dar a luz».


«Ataron a seis personas, pero no sé a cuántas habían matado, porque eran tantas que no pude contarlas. Cogieron a mi hermana pequeña y la mataron; luego arrojaron su cuerpo al interior de una choza a la que prendieron fuego».

«Los soldados vieron a un niño pequeñito y, al ir a matarlo, el niño se rió; el soldado golpeó al niño con la culata de su arma y luego le cortó la cabeza. Un día mataron a mi hermanastra y le cortaron la cabeza, las manos y los pies porque llevaba adornos».


George Williams se había convertido en un hombre extraordinario, siendo casi un niño luchó en la Guerra de secesión americana contra los sudistas , posteriormente huyó a México para unirse a las tropas que peleaban contra Maximiliano I y pudo volver a Estados Unidos e ingresar en la Universidad para negros de Howard y convertirse en jurista.
Williams se sentía fuertemente atraído por la historia de los esclavos en América y era una gran defensor de los derechos civiles y la igualdad, algo que le llevó a interesarse por Leopoldo II de Bélgica el primer monarca verdaderamente humanista. Los periódicos de la época contaban al detalle su empeño por llevar la civilización a África y el esfuerzo personal que le imprimió a su proyecto más altruista:

El Estado libre del Congo.

Un país fundado en 1885 y reconocido como propiedad privada del monarca belga.
Un país en el que los la majestad del rey tenía como finalidad principal una labor civilizadora, democrática y educativa que permitiese desaparecer las costumbres bárbaras de los nativos y su desconocimiento de Dios.
Un país en el que cada uno de sus habitantes pudiese ser un ciudadano libre y en el que abolir el comercio de esclavos.

George Williams viajó a Europa fascinado por la figura de Leopoldo de Bélgica y consiguió entrevistarse con él, quería visitar ese novedoso país y, sobre todo, conocer como funcionaba un lugar tan moralmente avanzado en el corazón de África.

El rey trató de convencerle de lo contrario, no valía la pena un viaje tan costoso y largo por un pequeño y bondadoso esfuerzo que podría seguir cómodamente desde su casa a través de los periódicos, pero George Williams había tomado ya la decisión y se embarcó poco después hacia “El Estado libre”.

Su experiencia en el Congo fue tan traumática que de inmediato redactó una durisima misiva al monarca y a los medios.

Williams había comprobado que el altruismo se exporta con el martillo y la codicia.

La diplomacia de Leopoldo de Bélgica consiguió desacreditar a George Williams mediante la compra de artículos en diarios de la época y el peligro no fue a más, aún así los hechos eran tan escandalosos que las dencuncias empezaron a seguirse una después de otra. Tras la de Williams llegó el turno de Roger Casement, consul británico, posteriormente la de Edmund Morel.

Morel, había descubierto que los barcos provenientes del Congo iban cargados de materias primas mientras que los que salían de Bélgica solo portaban armas, algo que le llevó a deducir con inmediatez cual era el estado de la situación en ese país de ensueño.

A esas voces se unieron las de los escritores Joseph Conrad y Mark Twain y la presión internacional se agudizó hasta que en 1908 Leopoldo II acabó siendo vencido por ella.

Cedió el país a Bélgica, aunque imponiendo sus condiciones:

Debían abonarse todos los pagos pendientes que tenía el Estado libre del Congo, cuyo montante superaba los 100 millones de francos así como compensar al monarca con 50 más a cambio de los sacrificios en favor de sus súbditos africanos.

En los veintitrés años de reinado en sus posesiones en África, continente que jamás visitó, Leopoldo II había amasado una fortuna inmensa que le convertía en uno de los hombres más ricos del mundo y con la que pudo financiar el palacio de justicia de Bruselas, su residencia en Laeken o el hipódromo de Ostende.

Diez millones de muertos tras veinte años, un genocidio de dimensiones mayores que el holocausto, y que era la raíz de la podredumbre en África.

Diez millones de muertos a cambio de 10 castillos.

De diez palacios.

De diez hipódromos.

Codicia y materias primas mezcladas con labores civilizadoras…

Apago la tele. Nada ha cambiado.

Solo los nombres.

http://www.elsentidodelavida.com

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