Diario apócrifo de Maciel el travieso

 Diario apócrifo de Maciel el travieso

Cuando conversaba con Carlos Monsiváis, nos gustaba reforzar el poco aprecio que sentíamos por los albures, nuestra indiferencia por el mundo del “te lo meto-te lo saco”. Por eso, al hojearlo, me costó darle el golpe al libro de Jabaz sobre el padre Maciel.

Mala cosa, pues debo ser el admirador número uno de Jabaz, mi compañero cartonista de página. Pero ya con calma leí Diario apócrifo de Maciel el travieso (Planeta) y me encantó, desde el cartón de la portada en que Maciel arrodillado y sumiso le dice a Juan Pablo II: “Beso su sacro anillo, Su Santidad”. Y el Sumo Pontífice que encubrió hasta la muerte los crímenes del fundador y guía de los Legionarios de Cristo le responde con benevolencia: “¡Ah, travieso chiquitín!”

Genial, porque genial es Jabaz, incluso ahora que se arriesga en el rugoso reino del albur para volver a reivindicar la idea de que la ironía es la mejor manera de tratar los asuntos serios.

Un libro que, además, leí con placer (ya que andamos en estas cosas). Porque en poco más de una década se pudo transitar del silencio ordenancista alrededor de Maciel y sus delitos sexuales a obras como ésta. Y porque va en línea con lo que he pensado desde que se comenzaron a ventilar las historias de sus abusos: más que jurídica o canónica, su derrota y la de sus encubridores ha sido cultural, histórica.

El inglés Martin Amis propone que en los tiempos actuales no se castiga con castigos, sino con el ridículo. En eso terminó Maciel, personaje siniestro con la habilidad de construir desde su presunta superioridad moral un imperio de fanáticos empeñados en aniquilar las sospechas más tibias.

Lipovetsky dice que la verdad es una felicidad estética. Vaya si lo es.

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