A la gentuza también hay que responderle

Los secretarios del supremo Gobierno comparecen ante las fieras del Congreso con un asombroso estoicismo. Habrá quien aplauda parecida entereza y tamaña capacidad de resistencia. Yo no. No veo razón alguna por la cual un funcionario del Estado mexicano tenga que afrontar, sin más, las majaderías de nadie y mucho menos las cerriles embestidas de unos “representantes populares” (con perdón, pero a mí mucha de esa gentuza no me representa y creo que a la gran mayoría de los mexicanos —que somos gente de trato bastante educado y que suele cuidar las formas— tampoco) dedicados a solazarse en la injuria, la zafiedad, la estupidez, la violencia verbal (y, a veces, física), la chulería (término del habla peninsular que se refiere a la jactancia), la tosquedad, la ignorancia, las payasadas y la temporal impunidad que, creen ellos, les asegura un cargo que les solventamos —ustedes y yo, amables lectores— con nuestros impuestos.
Y no hablo tampoco de cultivar las acartonadas formas de los hipócritas ni de adoptar una actitud de indigna reverencia ante el “poder”. No, para nada. Finalmente, en el Parlamento de los británicos se atizan unas buenas sacudidas y cualquier visita a la Asamblea Francesa dará cuenta de la malquerencia que se dedican los opositores. La diferencia es que allá sí responden y sí se ponen a tiro mientras que aquí se quedan bien calladitos, como niños aplicados y, sobre todo, como si no tuvieran el derecho de contestar y poner en su lugar a los agresores. El secretario Horcasitas, en este sentido, es el primero en ir de respondón. Felicidades, señor. Buena falta que nos hacía alguien que no agache la cabeza y que llame las cosas por su nombre. Porque esa pasividad de los otros, su estudiada prudencia y su calculada moderación, no es más que una autorización para que se consagre la artera mordacidad de los brutos. Lo repito: sean lo bestias que quieran, señores diputados. Pero paguen por lo menos un precio.

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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